Crónicas
Fixed Card Game

CAPÍTULO 11

El jardín que Kois escondió

A veces, viajero, cuando la guerra empieza a cerrar sus dedos sobre el mundo, la memoria abre puertas que parecían dormidas. No lo hace por nostalgia vacía, sino porque hay historias que ayudan a comprender mejor lo que está en juego. Y mientras en Kois los reyes se preparaban para la sangre, yo recordé el origen de un amor que nunca debió existir… y que, sin embargo, existió con una fuerza que ni las leyes ni la distancia pudieron apagar.

Debo volver, entonces, a Asteliana y Karleon. No al tiempo de la angustia, ni al de los mensajes apresurados ni al de las despedidas bajo el Árbol del Saber, sino a los primeros días, cuando lo imposible todavía parecía un milagro recién descubierto.

Ya te conté de aquel primer encuentro en los corredores del Palacio del Saber, de la forma en que sus miradas se hallaron como si el resto del mundo hubiera sido apartado por una voluntad más antigua que la de los hombres. Pero las miradas, por intensas que sean, no bastan para sostener un amor cuando todo alrededor conspira para apagarlo.

Lo que vino después fue más peligroso. Y también más hermoso.

Tras aquel primer acercamiento, tras aquellas palabras compartidas en secreto y la primera vez en que se permitieron cruzar el límite que separa el deseo de la certeza, fue Asteliana quien comprendió algo esencial: si quería volver a ver a Karleon, no podía confiar solo en el azar, ni en la bondad de los mensajeros, ni en encuentros robados al descuido de otros. Necesitaba un camino. Una razón. Un pretexto tan perfecto que incluso los más severos de Arheim lo consideraran digno.

Y así nació su plan.

Entre los Artherianos, el conocimiento no era un adorno del espíritu: era una forma de poder, una medida de valor y, en cierto modo, una forma de pureza. Quien servía al saber servía a la grandeza de su pueblo. Asteliana entendió entonces que, si lograba ingresar a la Orden del Saber, podría acercarse al mundo de los estudios, de los registros, de las expediciones y de las misiones dedicadas a observar otras tierras.

Y entre todas esas posibilidades había una que brillaba por encima de las demás: una investigación profunda sobre quienes vivían en el Valle del León.

Nadie en Arheim habría sospechado del todo de una propuesta así. El valle era importante. Sus pueblos, sus rutas, sus costumbres y su relación con la Etheria eran asuntos dignos de estudio. Había razones políticas, culturales y estratégicas para observar de cerca a los Gartherium. Asteliana presentó la idea con una serenidad impecable, como si solo hablara una joven estudiosa interesada en comprender mejor a un pueblo vecino.

Pero debajo de cada palabra bien escogida latía una verdad más íntima: quería verlo.

Quería encontrar de nuevo la voz de Karleon, su forma de pensar, la manera en que miraba el mundo como si pudiera descubrir senderos invisibles dentro de la propia Etheria. Quería volver a estar a su lado sin depender de un milagro.

No fue fácil.

La Orden del Saber no abría sus puertas por simple talento, y menos aún a quienes aún no hubieran demostrado una disciplina capaz de someter incluso los impulsos del corazón. Para ingresar, Asteliana tuvo que entrenar durante mucho tiempo. No hablo solo de estudio, viajero. Hablo de una verdadera forja de la mente.

Durante meses se entregó a una rutina severa. Se levantaba antes del alba para ejercitar la concentración. Permanecía largas horas memorizando textos antiguos, genealogías, tratados sobre flujos de Etheria, mapas incompletos de regiones lejanas y observaciones de viajeros que llevaban siglos muertos. Aprendió a ordenar su pensamiento con precisión casi ritual. A sostener una idea sin quebrarse. A escuchar durante horas sin interrumpir. A mirar los detalles sin dejarse distraer por lo inmediato.

El bosque secreto solo aparece para Asteliana y Karleon

Hubo pruebas de memoria. Hubo debates. Hubo noches enteras frente a códices que otros abandonaban por agotamiento. Hubo ejercicios de contemplación donde debía mantener la mente en calma mientras otros intentaban romper su concentración con preguntas, ruidos y provocaciones.

Y Asteliana soportó todo.

No porque disfrutara cada prueba, sino porque detrás de todas ellas había una promesa. Una misión futura. Un camino hacia el valle. Un nuevo encuentro con el hombre al que ya amaba en secreto.

Finalmente, su constancia fue recompensada.

Los maestros de la orden le concedieron su primera misión importante: elaborar un mapa detallado del Valle del León, registrando no solo su geografía, sino también sus pueblos, sus rutas menores, sus cultivos, sus hábitos y las costumbres de quienes habitaban aquella región fértil.

Para cualquier otro, aquello habría sido un honor académico. Para Asteliana fue eso… y mucho más.

Recibió la tarea con un rostro sereno, inclinado apenas en señal de respeto, pero por dentro sintió esa clase de temblor que solo conocen quienes llevan demasiado tiempo esperando algo que no se atrevían a pedir en voz alta.

Así partió hacia el valle.

Asteliana parte hacia el Valle del León para su misión de cartografía

Descendió desde Arheim llevando consigo instrumentos de medición, pergaminos, tinta, brújulas finas trabajadas por artesanos de las montañas y el porte sobrio de una enviada de la Orden del Saber. A los ojos del mundo, era exactamente eso: una estudiosa en misión oficial.

Pero mientras avanzaba, iba contando en silencio los latidos.

El Valle del León se abrió ante ella con toda su belleza: ríos que serpenteaban entre campos verdes, aldeas levantadas con madera y piedra, caminos donde se mezclaban campesinos, mercaderes y guardianes, y un aire distinto al de Arheim, menos severo, menos ritual, más vivo en una forma terrenal y cálida.

Asteliana cumplió con su labor con una dedicación impecable. Observó senderos secundarios. Estudió la disposición de las granjas. Habló con ancianos de pueblos pequeños, con tejedores, herreros y cazadores. Registró nombres, alimentos, festividades, maneras de construir, palabras comunes y diferencias sutiles entre las comunidades del valle.

Cada detalle que anotaba era real. Cada línea del mapa estaba justificada. Su trabajo era auténtico.

Pero también esperaba.

Y un día, durante una de aquellas visitas, lo encontró.

No fue en un palacio, ni en una gran sala, ni bajo la solemnidad de Arheim. Fue cerca de un pequeño poblado del valle, donde el río corría limpio entre piedras claras y las casas se agrupaban con la sencillez de quienes viven más cerca de la tierra que de la gloria.

Karleon estaba allí.

El bosque secreto solo aparece para Asteliana y Karleon

Tal vez el destino los ayudó. Tal vez fue Kois misma. O tal vez hay momentos, viajero, en que dos almas que se buscan terminan por inclinar discretamente el curso de los caminos hasta encontrarse.

Cuando Asteliana lo vio, todo el entrenamiento de su mente, toda la disciplina adquirida, toda la serenidad de la orden, quedó en pie apenas por fuera. Por dentro, el mundo volvió a detenerse como la primera vez.

Karleon también la vio. Y en su rostro apareció esa mezcla preciosa y peligrosa de alegría y asombro que nace cuando un deseo demasiado grande se vuelve realidad.

Hablaron primero como quien intenta fingir calma ante el mundo. Ella le mencionó la misión. Él hizo preguntas sensatas. Intercambiaron frases medidas, casi correctas. Pero la distancia entre ambos estaba llena de una electricidad que ninguna prudencia podía ocultar del todo.

Finalmente, cuando ya nadie pareció observarlos, se apartaron.

Caminaron más allá del poblado, dejando atrás los cercos, las huellas del camino, el sonido lejano de los animales y la vida sencilla de los lugareños. Se internaron por una vereda estrecha que ninguno recordaba haber visto antes. El aire cambió. La luz también.

Y entonces encontraron aquel lugar.

Asteliana y Karleon descubren el bosque oculto de árboles rosados y amarillos

No era un bosque grande. No era una selva profunda ni una arboleda solemne como las de los tratados antiguos. Era, más bien, un rincón escondido del mundo, apartado con una delicadeza imposible de describir por completo.

Los árboles alzaban ramas cubiertas de hojas y flores en tonos rosados y amarillos, colores que el valle parecía no tener en ningún otro sitio con esa pureza. La luz caía entre ellas como si hubiera sido filtrada por un sueño. El suelo estaba cubierto de pétalos suaves. El aire tenía un perfume leve, casi irreal. Y el viento, al pasar, no sonaba como en los demás bosques de Kois. Sonaba más bajo. Más íntimo. Como si temiera interrumpir.

Asteliana y Karleon se detuvieron sin hablar.

Hay lugares que parecen haber estado aguardando por alguien. Aquel era uno de ellos.

Se miraron. Y comprendieron, sin necesidad de decirlo, que el mundo les estaba concediendo un refugio que no habían pedido con palabras, pero sí con la fuerza silenciosa de su anhelo.

Allí hablaron durante horas.

Hablaron de la misión y de lo absurdo que resultaba fingir neutralidad cuando ambos solo querían robarle tiempo al tiempo. Hablaron de Arheim y del valle. De los límites que los separaban. De las diferencias de sus pueblos. De la Etheria, sí, pero también de cosas más pequeñas y más valiosas: de lo que temían, de lo que esperaban, de cómo imaginaban un futuro que quizá nunca llegaría a existir.

Y luego, como ocurre cuando el amor deja de poder vivir únicamente en la palabra, se acercaron.

Se besaron entre los árboles rosados y amarillos como si el mundo, por una vez, hubiera decidido no vigilarlos. Sin miedo inmediato. Sin carreras. Sin sombras sobre el hombro. Solo ellos dos, el perfume de las flores, la luz dorada entre las ramas y esa sensación extraña de estar a salvo en un lugar que ninguno sabía nombrar.

El bosque secreto solo aparece para Asteliana y Karleon

Fue allí donde su amor encontró una forma más plena de sí mismo. No como una pasión apresurada nacida del riesgo, sino como una certeza compartida. Allí comprendieron que lo suyo no era una simple fascinación imposible, sino algo más hondo. Más delicado. Más terco.

Desde entonces, ese rincón se volvió suyo. O al menos eso creyeron.

Cada vez que Asteliana encontraba una excusa razonable dentro de su misión, y cada vez que Karleon lograba apartarse sin levantar sospechas, volvían a buscar aquel bosque. Y, de una manera que ninguno pudo explicar jamás del todo, casi siempre terminaban hallándolo.

A veces el sendero aparecía detrás de una pendiente suave. Otras veces entre matorrales que parecían abrirse en el momento preciso. En ocasiones después de bordear una roca que ninguno recordaba. Pero cuando ambos iban con el corazón vuelto hacia el otro, el lugar estaba allí.

Allí rieron. Allí se abrazaron. Allí compartieron silencios largos que valían más que muchos discursos. Allí soñaron con lo imposible como si por unas horas pudiera ser real.

Sin embargo, el misterio verdadero vino después.

En una ocasión, cuando Karleon tuvo que marcharse antes de lo que ambos querían, Asteliana permaneció algún tiempo más contemplando aquel rincón secreto. El lugar le pareció tan hermoso, tan extraño y tan perfecto, que pensó en mostrarlo a algunos lugareños con quienes había ganado cierta confianza durante su misión. Tal vez —pensó— ellos conocían su nombre. Tal vez existía en alguna historia del valle.

Regresó al poblado y habló de un pequeño bosque de árboles rosados y amarillos, oculto no muy lejos de allí. Los lugareños la miraron con desconcierto.

Algunos negaron con la cabeza. Otros rieron suavemente, creyendo que la estudiosa de Arheim había confundido la luz del atardecer con el color de las hojas. Uno de los ancianos del lugar juró haber recorrido toda su vida aquellos senderos y no conocer ningún paraje semejante.

Asteliana insistió. Les describió el camino. Las piedras. La curva del terreno. El aroma del aire. Pero cuando intentaron ir con ella… no encontraron nada.

Donde debía estar aquel rincón solo había bosque común, árboles ordinarios, tierra húmeda y senderos sin ningún resplandor particular.

Asteliana volvió sola al día siguiente, convencida de haber errado el camino. Y lo encontró.

Días después intentó de nuevo mostrarlo, esta vez guiando con más atención a otros. No apareció.

Tiempo después volvió junto a Karleon. Y allí estaba otra vez, intacto, luminoso, secreto, como si jamás hubiera dejado de existir.

El bosque secreto solo aparece para Asteliana y Karleon

Entonces comprendieron algo que ninguno se atrevió a decir demasiado alto.

Kois lo sabía.

Sabía de ese amor prohibido. Sabía de sus encuentros robados. Sabía del peso de las leyes, de la distancia entre pueblos y del riesgo que los acompañaba. Y de alguna manera que ni los sabios de Arheim ni los cartógrafos del valle habrían podido explicar, el mundo mismo les había concedido un lugar para vivir aquello que fuera de allí les estaba negado.

No era un premio. No era una absolución. Era, quizá, una misericordia.

Un rincón fuera de los mapas. Un jardín escondido entre la obediencia y el deseo. Un secreto guardado no por muros, sino por la propia voluntad de Kois.

Y por eso, viajero, recordarlo en medio de la guerra importa más de lo que parece.

Porque mientras reyes como Cas daban órdenes, mientras Aratto hacía avanzar la violencia y mientras otros partían hacia bosques oscuros en busca de gloria o poder, también existía esta otra verdad: que en Kois no todo estaba gobernado por la ambición, la sospecha o la sangre.

También había lugar para aquello que no podía imponerse por la fuerza. Para lo frágil. Para lo secreto. Para lo amado.

Y si el propio mundo había escondido un jardín para ellos, quizá era porque incluso en tiempos de guerra ciertas historias merecen un refugio.

Aunque solo dure un instante. Aunque no quepa en ningún mapa. Aunque exista únicamente mientras dos corazones sean capaces de encontrarse.

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