Crónicas
Fixed Card Game

CAPÍTULO 18

Cuando la muerte no quiso caer

Hay guerras, viajero, que aún pertenecen al mundo de los hombres. Guerras donde el acero responde al acero, donde la fuerza puede contener a la fuerza y donde incluso la derrota conserva una lógica que el corazón, aunque no la acepte, al menos puede comprender. Pero lo que comenzó aquel día cuando el nuevo ejército entró en el campo no pertenecía ya a esa clase de enfrentamientos. Lo sentí antes de entenderlo. Lo vi antes de poder nombrarlo. Y, aun así, pasaron largos minutos antes de que mi espíritu aceptara aquello que mis ojos ya estaban contemplando: la batalla había dejado de ser una guerra entre pueblos. Había pasado a convertirse en una irrupción de algo más antiguo, más oscuro y más ajeno al ciclo natural de la vida y de la muerte.

Los guerreros que acababan de llegar no marchaban como los hombres del valle, ni como los zectarium, ni siquiera como los espectros que alguna vez había oído describir en relatos incompletos de los días más viejos. Tenían cuerpos, sí, y armas, y formas reconocibles de soldados, bestias y ejecutores; pero en ellos no había el movimiento orgánico de los vivos. Avanzaban con una determinación insoportable, como si no obedecieran al dolor, ni al cansancio, ni a la prudencia, ni al miedo. Algunos vestían armaduras corroídas por el tiempo y la muerte; otros parecían haber sido cosidos a la fuerza por una voluntad que se negaba a dejar pudrir del todo la carne; otros, los más terribles, no escondían ni siquiera su naturaleza, y caminaban mostrando hueso, vacío y ruina como si eso mismo fuera su blasón.

Entonces comenzó el verdadero horror.

Los primeros en intentar detenerlos fueron hombres del valle que todavía conservaban el impulso de la victoria reciente. Venían animados por la llegada de Doromax, por la intervención de Arhiem, por el regreso de Asteliana y Karleon, por ese brevísimo momento en que la guerra pareció inclinarse a nuestro favor. Chocaron contra aquella nueva fuerza con todo el valor que les quedaba… y descubrieron, demasiado tarde, que el valor no basta cuando el enemigo no reconoce las reglas de la carne.

Vi a un soldado del valle hundir una lanza en el pecho de una figura descarnada y verla caer. Lo vi dar un grito de triunfo apenas un instante… y luego contemplar, paralizado, cómo aquel cuerpo volvía a incorporarse, atravesado todavía por la punta del arma, girando la cabeza con una lentitud imposible hacia él antes de abrirle la garganta con una hoja ennegrecida. Vi a un burtherant partir en dos a uno de aquellos guerreros con un golpe que habría bastado para destruir a cualquier hombre vivo, y aun así ambas mitades seguir estremeciéndose como si una misma voluntad pudiera animar incluso los restos. Vi a etherianos cortar brazos, quebrar piernas, perforar cráneos, y comprobar con espanto que el daño físico no detenía lo que avanzaba.

No sabíamos cómo llamarlos.

No sabíamos qué eran.

Nadie lo sabía. Ni los soldados, ni Cas, ni Doromax, ni Jalim, ni siquiera yo. Mucho después escucharíamos un nombre para ellos, un nombre que entonces aún no conocíamos: Zenith. Pero en aquel momento no eran un concepto ni una clase de enemigo. Eran una pregunta convertida en amenaza. Una negación de la muerte caminando sobre el campo de Kois.

Los zectarium se detuvieron un instante, no por cobardía, sino por desconcierto. Hasta ellos, endurecidos por el desierto y acostumbrados a toda forma de brutalidad, vacilaron. Aratto mismo, que hasta entonces había combatido con esa mezcla de orgullo, rabia y determinación que lo definía, observó al nuevo ejército sin comprender del todo dónde se encontraba ya la frontera de la guerra que él creía estar librando. Pero no tuvo tiempo de pensar mucho, porque el campo entero empezó a romperse bajo la nueva presión.

Los muertos vivientes —y no encuentro otro nombre más inmediato para explicártelo, viajero— avanzaban sin prisa y sin pausa. No perseguían gloria, no gritaban por honor, no se alimentaban del fervor que mueve a los ejércitos humanos. Lo suyo era peor: una obediencia absoluta, una continuidad sin alma. Allí donde abrían un hueco, seguían entrando. Allí donde caían, volvían a levantarse. Allí donde uno era derribado, otro ocupaba su lugar con la misma inexorable falta de humanidad.

Fue entonces cuando vi con claridad a tres figuras entre ellos.

La primera era un caballero oscuro, una presencia de armadura pesada y mirada violácea, cuya sola forma de caminar parecía doblar la voluntad de los hombres cercanos. No era solo un guerrero: era un centro de gravedad en torno al cual el campo se deformaba. Donde él avanzaba, el miedo se espesaba. Sus golpes no eran rápidos, pero sí definitivos, y cada vez que su espada descendía, una línea de defensores desaparecía entre hierro roto y hueso abierto.

La segunda figura era Merlo.

O el espectro encerrado del que hablaban algunas historias antiguas, aquellas que apenas sobrevivían en registros incompletos y advertencias veladas. Lo vi flotar sobre el combate como una negación de todo orden natural, envuelto en oscuridad, atado aún por cadenas que no parecían sujetarlo, sino anunciar lo que había sido o debía seguir siendo. Había en él una violencia contenida, un poder tan extraño que incluso los etherianos desviaban parte de su atención hacia su figura sin atreverse a acercarse demasiado. Y en sus manos… o, mejor dicho, bajo su dominio… vi entonces lo que hizo que la guerra cambiara otra vez de sentido.

La Zaram.

No supe si fue Aratto o el campo entero quien la reconoció primero. Pero sí vi el instante exacto en que el rey de los zectarium comprendió. La espada que había encendido su rabia, la reliquia por la que había desatado una guerra contra el valle, estaba allí, en manos de la sombra que comandaba a los muertos. Durante un segundo el rostro de Aratto mostró algo que hasta entonces no le había visto: no miedo, pero sí el golpe brutal de la verdad. Había dirigido su furia contra el enemigo equivocado.

—¡Ellos! —rugió, señalando con el arma hacia Merlo—. ¡Ellos fueron los ladrones!

Y con esa comprensión, todo el campo se reordenó de una manera aún más salvaje.

Aratto, que un momento antes había estado combatiendo por destruir al valle, giró su violencia contra los Zenith. No por nobleza. No por alianza verdadera. Lo hizo porque la ofensa había sido revelada, porque el objeto de su guerra ya no estaba escondido, y porque incluso un rey como él comprendía que si aquel nuevo ejército se imponía, no quedaría reino alguno sobre el cual reclamar venganza. Sus guerreros dudaron apenas lo suficiente para recibir la orden y obedecerla. Y así, por primera vez en esa larga cadena de sangre, valle y desierto comenzaron a golpear en una misma dirección.

Pero ni siquiera eso bastó.

Porque los mortales se cansan.

Los brazos tiemblan. El aliento falla. La vista se nubla. El miedo drena fuerzas. La carne cobra precio. Y los Zenith, en cambio, no conocían ninguno de esos límites. Cada minuto que prolongaba la batalla nos perjudicaba más a nosotros que a ellos. Podíamos derribar veinte y ver regresar dieciséis. Podíamos contener una línea y perder otra por agotamiento. Podíamos reunir voluntad, coraje, disciplina y rabia… pero todo eso estaba encerrado en cuerpos vivos. Ellos no parecían estarlo.

Desde la fortaleza, al ver el nuevo horror desplegarse sobre el campo, la población entera comenzó a agitarse. Lo que siguió, viajero, aún hoy me duele al recordarlo. No se quedaron dentro esperando el desenlace como si esta fuera una guerra ajena a ellos. No. Los hombres y mujeres del valle bajaron. Agricultores con palas. Herreros con martillos. Curanderos que apenas sabían empuñar otra cosa que vendas y cuchillos de trabajo. Clérigos con bastones ceremoniales, ancianos todavía capaces de sostener una herramienta, jóvenes que ni siquiera habían terminado de comprender el mundo en el que les tocaba vivir. Bajaron todos. No porque eso les diera verdadera ventaja, sino porque cuando la oscuridad se acerca demasiado, incluso los que no nacieron para la guerra sienten la necesidad de meter el cuerpo entre ella y su hogar.

Vi a un campesino hundir una pala en la mandíbula de un Zenith con una desesperación casi animal. Vi a dos curanderos intentar arrastrar a un herido mientras otro muerto se les incorporaba a los pies. Vi a clérigos pronunciar plegarias sobre cuerpos que ya no podían diferenciar si estaban muriendo o volviendo. Fue un acto inmenso de coraje… y al mismo tiempo, uno de los espectáculos más terribles que he contemplado. Porque la valentía, por sí sola, no cambia la naturaleza del enemigo.

Y ahí, viajero, fue cuando sentí el verdadero temor.

Yo, Albarian, que había visto reinos caer, mares arder, juramentos romperse y deidades intervenir en la marcha de la historia… sentí miedo verdadero. No el miedo a morir, que es íntimo y simple. No. Sentí el miedo más profundo: el de no entender lo que está ocurriendo mientras ocurre delante de uno. El de mirar el presente y sentir que la memoria debería salvarte, pero no lo hace del todo.

Traté de recordar.

Traté de arrancarle a mi propia memoria el rostro completo de la guerra de los Cuatro Hermanos. Había combatido en ella, sí, pero era joven entonces, demasiado joven para comprender la totalidad del juego que se desarrollaba a nuestro alrededor. Recordaba las armas. Recordaba la sangre. Recordaba los nombres mayores. Recordaba a Tumbusko, dios de la guerra, y las reliquias que su voluntad había puesto en el mundo. Recordaba que ciertas prisiones fueron hechas no para cuerpos, sino para voluntades. Pero no lograba unirlo todo. No todavía. Y esa incapacidad me golpeaba en medio del combate como una segunda herida.

Mientras yo luchaba contra el enemigo y contra mi propia memoria, hubo quienes elevaron la batalla a un nivel que ni siquiera mis siglos de experiencia me habían preparado para ver.

Karleon.

Ya había mostrado antes su talento, sí. Ya había dejado claro que no era un canalizador ordinario, ni siquiera entre los más notables de Kois. Pero lo que comenzó a hacer cuando comprendió la naturaleza del enemigo superó todo lo que había visto en él. Y créeme, viajero, que yo había visto bastante.

Al principio fue velocidad. No simple rapidez de cuerpo, sino una forma de presencia discontinua, como si el espacio alrededor de él dejara por momentos de obedecer sus leyes comunes. Lo vi aparecer en un punto del frente, descargar una corriente de Etheria sobre un grupo de Zenith, y desaparecer antes de que las garras y espadas muertas pudieran tocarlo. Un instante después estaba más allá, protegiendo a Nas de un caballero oscuro que descendía sobre su posición. Luego reaparecía junto a Cas, abriendo una brecha de fuego para que este pudiera reorganizar su empuje.

—¿Se está… teletransportando? —murmuró uno de los etherianos cerca de mí, incapaz de ocultar el asombro.

No respondí.

Porque yo mismo no estaba seguro de cómo nombrar lo que veía.

Luego vino el Dragon Blast.

Había presenciado antes una versión de esa técnica, pero nunca con aquella intensidad. Karleon reunió Etheria hasta que el aire entero a su alrededor pareció tensarse como una cuerda a punto de romper. Entonces la liberó en forma de un dragón ardiente y violeta, más grande, más definido y más feroz que cualquiera de las manifestaciones previas. La criatura de energía atravesó una línea completa de Zenith, los hizo estallar, incendió el terreno, abrió un hueco que durante unos segundos pareció una verdadera esperanza. Incluso los caballos del valle se encabritaron ante el paso de aquella forma imposible.

Y cuando creí que eso ya era el máximo de lo que podía dar, mostró algo más.

Dos Karleon.

No imágenes fantasmales ni simples residuos de velocidad. Dos presencias reales, cada una combatiendo con voluntad, coordinación y potencia, como si hubiese partido su propia existencia en dos flujos simultáneos. Uno peleaba cerca del centro, sosteniendo a Cas y a los suyos. El otro se movía hacia el ala donde Nas y los arqueros empezaban a ser sobrepasados por los muertos que no dejaban de levantarse. La técnica era de una complejidad tan absurda que incluso yo quedé inmóvil un instante, no por miedo, sino por puro asombro.

—Eso no debería ser posible… —dije en voz baja, sin darme cuenta de que hablaba.

Pero lo era.

Porque Karleon no combatía ya solo como un discípulo brillante. Combatía como alguien empujado más allá del límite por un enemigo que exigía lo imposible.

Asteliana, por su parte, no se quedó detrás. Había aprendido muchas de aquellas técnicas junto a él, y aunque no las ejecutaba con la misma monstruosa intuición que Karleon, sí lo hacía con una elegancia y una violencia que volvieron a demostrar lo que podía llegar a ser una etheriana liberada de la contención de Arhiem. La vi replicar secuencias de desplazamiento, proyectar dobles efímeros que confundían el avance enemigo, y combinar ráfagas verdes con cortes de energía que abrían espacio entre los Zenith para salvar a civiles y guerreros por igual. Juntos parecían dos fuerzas complementarias: él más imprevisible, más arriesgado, más cercano al desborde genial; ella más precisa, más limpia, más fatal en la forma de usar cada apertura.

Y aun así…

no bastaba.

Porque el enemigo no se agotaba. Porque Merlo seguía avanzando con la Zaram como si la propia batalla fuese apenas un círculo menor dentro de un propósito más grande. Porque el caballero oscuro quebraba líneas y volvía inútiles sacrificios enteros. Porque otra figura empezó a hacerse visible entre las ruinas del combate, una presencia aún más grotesca, más brutal, más hecha para desgarrar que para mandar: el Destripador.

Aquel monstruo entró en el campo con una violencia que incluso los zectarium retrocedieron al sentir. Era menos un guerrero que una herramienta de carnicería. Donde pasaba, dejaba cuerpos abiertos, miembros rotos, piedra arrancada. No parecía combatir con estrategia, sino con hambre. Y sin embargo, su aparición no era caótica; obedecía a la misma voluntad mayor que movía a los demás. Merlo conducía. El caballero oscuro imponía. El Destripador devastaba. Y los Zenith llenaban cada hueco que dejaba el horror.

El campo, poco a poco, volvió a inclinarse.

No de golpe. No con una derrota limpia.

Sino con esa sensación espesa y terrible de que, por mucho que hiciéramos, cada ganancia costaba más y duraba menos. El cansancio mortal empezó a cobrarse factura en todos. Cas ya no golpeaba con la misma violencia del inicio. Nas seguía dando órdenes, pero su voz comenzaba a quebrarse por el esfuerzo y el humo. Doromax respiraba como un yunque al rojo. Los etherianos debían elegir cada vez más cuidadosamente dónde gastar Etheria. Jalim sostenía su posición con una determinación casi dolorosa. Los civiles del valle, heroicos y condenados, caían por decenas.

Karleon, sin embargo, seguía elevando la batalla a una dimensión que nadie había visto antes.

Fue cuando preparaba otra secuencia imposible —una combinación entre desplazamiento, duplicación y descarga dracónica que probablemente habría reventado el centro mismo del avance de los Zenith— que el mundo cambió.

No hubo aviso.

No hubo canto.

No hubo conjuro visible.

Un rayo blanco cayó del cielo.

No como un relámpago ordinario. No como un castigo de tormenta. Cayó recto, puro, absoluto, sobre Karleon. Y en el instante en que lo tocó, el campo entero pareció detenerse a su alrededor. No digo que el tiempo se detuviera para todos; digo algo más extraño: que el mundo, visto desde donde estaba él, dejó de pertenecer al mismo orden que el resto del combate.

Vi a Karleon quedarse inmóvil en medio de aquella luz. Sus dobles desaparecieron. Sus llamas se extinguieron. Sus enemigos más cercanos quedaron congelados un latido, como si ni siquiera los Zenith pudieran entrar de inmediato en aquel fenómeno. Asteliana gritó su nombre. Yo di un paso hacia él. Pero ya era tarde.

La luz lo envolvió por completo.

Y el mundo se lo llevó.

No supe adónde.

No en ese instante.

Solo comprendí, al ver el vacío que quedó en el lugar donde un segundo antes combatía con una grandeza que ni yo mismo creía posible, que Karleon había sido arrancado del campo de batalla y transportado a otro plano del universo… y a otro tiempo.

Mil años atrás.

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