CAPÍTULO 3
Advertencia
Pero toda guerra, viajero, por grande que parezca en los mapas, siempre comienza en lugares pequeños. No en fortalezas ni en salas de consejo… sino en pueblos olvidados por los reyes. Uno de esos lugares era Valdecalabaza, una aldea tranquila en el extremo sur del Valle del León.
Allí vivía una joven llamada Nas. No era noble, ni soldado, ni hija de linaje alguno digno de crónicas. Era campesina, criada entre campos abiertos, ríos lentos y el sonido del viento entre los árboles. Pero lo que Nas hacía con un arco… pocos guerreros del valle podían siquiera intentarlo.
Aprendió a disparar siendo apenas una niña. Primero para ahuyentar animales de las cosechas, luego para cazar en los bosques cercanos. Con los años su habilidad creció hasta convertirse en algo casi instintivo. Sus flechas no parecían buscar el blanco… lo encontraban.
En Valdecalabaza se contaban historias sobre ello. Decían que Nas podía acertar a una manzana colgada de una rama a más de cien pasos. Otros juraban haberla visto partir una flecha en dos con otra. Ella nunca se jactaba de nada. Para Nas, el arco era simplemente otra herramienta de la vida.
Pero la paz de los pueblos pequeños rara vez dura cuando los reyes comienzan a enfurecerse. Y en aquellos días, la furia de Aratto ya marchaba hacia el norte.
Los Zectarium llegaron al amanecer. No con trompetas ni con estandartes… sino como una tormenta que se levanta en el horizonte del desierto. Primero se vio el polvo. Luego el brillo de las armas. Después los gritos.
Los guerreros del desierto atravesaron Valdecalabaza como si fuera una presa indefensa. Choza tras choza cayó bajo el fuego. Las calles se llenaron de humo, de hierro y de miedo.
Nas intentó ayudar a los suyos. Tomó su arco y disparó desde los tejados, desde los cercos, desde cualquier lugar donde pudiera ver. Varias flechas encontraron su destino. Pero incluso la mejor arquera del valle no podía detener a un ejército.
Comprendió demasiado tarde lo que estaba ocurriendo. Aquello no era un saqueo. Era un mensaje.
Cuando el combate se volvió imposible, Nas corrió hacia los límites del pueblo. Entre humo, gritos y madera ardiendo, logró escapar hacia los campos y ocultarse entre los árboles del borde del valle. Desde allí observó lo que quedaba de su hogar.
Valdecalabaza ardía.
Las llamas se elevaban sobre los tejados mientras el humo cubría el cielo del valle. Nas observaba escondida entre los árboles cuando una figura se detuvo entre las casas en llamas. Era Aratto.
El rey de los Zectarium había visto el movimiento entre la vegetación. Sus ojos se clavaron en el lugar donde Nas se ocultaba. Durante un instante pareció que levantaría su arma… pero no lo hizo.
En lugar de eso, avanzó unos pasos hacia el borde del bosque y habló con una voz grave que atravesó el crepitar del fuego.
—Ve con tu rey —dijo Aratto—. Y dile que me devuelva lo que es mío. Si la Zaram no regresa… todo el Valle del León arderá como este sucio pueblo.
Nas no respondió. Permaneció inmóvil entre las sombras mientras el rey del desierto se alejaba entre sus guerreros. Pero sus palabras quedaron grabadas en su mente con la misma fuerza que el fuego que consumía Valdecalabaza.