Crónicas
Fixed Card Game

CAPÍTULO 4

El camino hacia la fortaleza

Nas caminó durante horas sin saber con certeza cuánto había avanzado. Había dejado atrás el humo de Valdecalabaza, pero no el peso de lo ocurrido. Cada paso le dolía. Llevaba en el cuerpo el cansancio de la huida, y en la mente, la voz de Aratto repitiéndose como una amenaza imposible de ignorar.

El borde sur del Valle del León se abría ante ella con senderos de tierra, árboles dispersos y campos que parecían no saber aún que la guerra acababa de entrar en sus tierras. El contraste era cruel: mientras su pueblo había sido reducido al fuego, el valle seguía respirando con una calma que ya estaba condenada. Nas apretó los dientes y siguió avanzando. Debía llegar a la fortaleza central. Debía advertir al rey.

Pero el cuerpo tiene límites, incluso cuando la voluntad quiere seguir. El hambre, la sed y la tensión de la fuga terminaron por quebrarla. Sus piernas dejaron de responder, su visión se nubló, y tras unos pasos torpes cayó al suelo, vencida por el agotamiento, con la tierra del camino pegándose a sus manos y a su rostro.

No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente. Cuando abrió los ojos, la luz había cambiado y el aire olía a hierba, agua fresca y madera. Sobre ella se inclinaba el rostro curtido de un campesino de edad incierta, con manos endurecidas por el trabajo y una expresión serena, aunque cargada de preocupación.

Nas recibe ayuda de un campesino y un Gaterom para seguir su camino

El hombre le ofreció agua con cuidado, ayudándola a incorporarse poco a poco. Nas bebió como quien regresa del borde de la muerte. Luego recibió un poco de alimento sencillo, pero suficiente para devolverle algo de fuerza. El campesino no la llenó de preguntas al principio. Esperó a que respirara mejor, a que su mirada recuperara firmeza, a que su voz pudiera volver a sostenerse.

Entonces Nas habló.

Le contó lo sucedido en Valdecalabaza: la llegada repentina de los Zectarium, el fuego devorando las casas, los gritos, la matanza, y la figura de Aratto caminando entre las llamas como si el pueblo entero no fuera más que una advertencia. Le habló también de la amenaza del rey del desierto, de sus palabras, de la exigencia de devolver aquello que llamaba suyo. Y al final, con la urgencia marcándole la voz, le dijo que debía llegar a la fortaleza central del valle y advertir al rey antes de que fuera demasiado tarde.

El campesino escuchó en silencio, sin interrumpirla. Su rostro se endureció a medida que el relato avanzaba. No había duda en sus ojos: comprendía la gravedad de lo ocurrido. Aquello no era un simple ataque en la frontera. Era el inicio de algo mucho mayor.

Sin pronunciar grandes discursos, el hombre decidió ayudarla. Le llevó provisiones para el viaje: agua, alimento, vendas y lo necesario para resistir el trayecto hasta la fortaleza. Después desapareció por un instante entre sus cosas y regresó con un arco nuevo. No era una reliquia ni un arma de nobleza, pero sí un arco firme, equilibrado y digno de una arquera como Nas. Junto a él le entregó también un nuevo traje, más resistente, mejor ajustado para el camino y para la guerra que parecía avecinarse.

Pero su ayuda no terminó allí.

Del pequeño establo junto a su casa sacó una criatura imponente: un Gaterom. Tenía la fuerza de una bestia de guerra y la agilidad de un cazador del valle. Su cuerpo robusto, su andar poderoso y su mirada viva dejaban claro que no era una simple montura. Era un compañero capaz de atravesar caminos difíciles, avanzar con velocidad y sostener a su jinete incluso en las rutas más hostiles.

El campesino puso las riendas en manos de Nas y le dijo que con él tendría una oportunidad real de llegar a tiempo. Aquel gesto, nacido no de la riqueza ni del poder, sino de la convicción, tuvo más valor que muchas promesas hechas en los salones de los reyes.

Nas, ya recuperada, se vistió con su nueva indumentaria, tomó el arco entre sus manos y sintió que no solo estaba recibiendo ayuda, sino también una segunda oportunidad. Había escapado de la destrucción con lo puesto, perseguida por el miedo y la impotencia. Ahora volvía a ponerse en pie con un propósito más claro que nunca.

Montó al Gaterom y alzó la mirada hacia el norte, hacia el corazón del Valle del León. El viento agitó su cabello y sacudió los árboles del camino. Detrás quedaban las cenizas de su pueblo. Delante, la carrera contra el tiempo.

Y así partió Nas, ya no solo como una sobreviviente, sino como la portadora de una advertencia capaz de decidir el destino del valle entero.

Nas recibe ayuda de un campesino y un Gaterom para seguir su camino
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