CAPÍTULO 5
El ave azul
Mientras la guerra comenzaba a extender su sombra sobre Kois, muchas historias se movían en silencio, lejos del ruido de los ejércitos. Algunas hablaban de ambición, otras de poder… y otras, más raras todavía, hablaban de amor.
Permíteme contarte sobre Asteliana y Karleon. Una Artheriana y un Gartherium. Dos nombres que jamás deberían haber sido pronunciados juntos según las antiguas leyes de Arheim.
Asteliana vivía en las altas montañas de Arheim, entre las torres blancas y los antiguos templos donde los Artherianos estudian los secretos de la Etheria. Era una de las más prometedoras entre los jóvenes de su orden: disciplinada, brillante y profundamente conectada con las corrientes de energía que atraviesan el mundo.
Sin embargo, incluso en un lugar dedicado al conocimiento, las leyes eran claras y antiguas: los Artherianos no debían mezclarse con las otras facciones. No por desprecio, sino por una tradición rígida que buscaba preservar su linaje y su relación con la Etheria.
Y aun así, el destino decidió ignorar esas leyes.
Fue hace ya algún tiempo, durante una visita protocolar que yo mismo realicé a Arheim. En aquel viaje decidí llevar conmigo a mi aprendiz, Karleon. Un joven Gartherium de talento extraordinario. Incluso entre los sabios de Arheim había pocos que pudieran negar lo que yo ya sabía: Karleon tenía una habilidad natural para manipular la Etheria. Donde otros veían energía, él veía caminos.
Aquella mañana caminábamos por el Palacio del Saber, una construcción antigua levantada sobre la roca viva de las montañas. Sus grandes salas estaban llenas de bibliotecas, artefactos antiguos y estudiantes que dedicaban su vida a comprender los misterios del mundo.
Fue allí donde ocurrió.
Asteliana cruzaba uno de los corredores interiores cuando sus ojos se encontraron con los de Karleon. No hubo palabra ni saludo formal. Durante un instante que pareció suspender el tiempo mismo, ambos sintieron algo imposible de ignorar.
Más tarde me lo confesaron: en ese momento todo a su alrededor desapareció. Las voces de los estudiantes, el eco de los pasos, incluso el viento de las montañas que se filtraba por las ventanas… todo se volvió distante. Solo quedaron ellos dos, mirándose como si el mundo entero hubiese decidido apartarse.
Aquella noche volvieron a encontrarse.
Se reunieron lejos de los salones principales, en uno de los jardines elevados del palacio, donde las antorchas iluminaban tenuemente los caminos de piedra. Allí hablaron durante horas: de sus pueblos, de sus sueños, de la Etheria y de lo que cada uno veía en ella.
Lo que comenzó como conversación pronto se convirtió en algo más profundo. Un entendimiento raro, casi imposible entre dos personas que habían sido criadas en mundos tan distintos.
Así comenzó su amor.
Pero las montañas de Arheim guardan muchos ojos, y las leyes de los Artherianos no permiten desviaciones tan fácilmente. Con el tiempo ambos comprendieron que no podían permanecer juntos abiertamente. Sus caminos debían separarse… al menos ante el resto del mundo.
Sin embargo, el amor no siempre obedece a las leyes de los pueblos.
Desde entonces comenzaron a comunicarse de una manera simple y silenciosa. Un pequeño ave azul viajaba entre Arheim y el Valle del León. No llevaba grandes mensajes ni largos escritos. Solo señales, pequeñas notas o simples símbolos.
Cuando uno recibía el ave, sabía exactamente lo que significaba: el otro estaba pensando en él.
Y así, incluso mientras el mundo empezaba a inclinarse hacia la guerra, dos corazones seguían encontrándose en secreto entre montañas y valles, guiados por el vuelo silencioso de un ave azul.