Crónicas
Fixed Card Game

CAPÍTULO 20

El último amanecer de Kois

Hay batallas que terminan cuando cae el último enemigo.

Hay otras, viajero, que terminan cuando alguien acepta perderlo todo para que el mundo pueda seguir respirando.

Aquella fue una de esas batallas.

Karleon volvió al campo de guerra envuelto en una luz que no pertenecía a ningún hechizo conocido. No era la luz clara de Arheim, ni la furia roja del Valle del León, ni la oscuridad venenosa de la Zaram, ni el fulgor antiguo de las montañas donde la Etheria dormía bajo la piedra.

Era otra cosa.

Era vida.

Vida en estado puro.

Vida antes del nombre, antes de la sangre, antes del primer árbol y del primer río. Una energía verde, profunda, inmensa, que no brillaba solamente alrededor de su cuerpo, sino desde dentro de él, como si su pecho se hubiese convertido en una puerta abierta hacia el corazón mismo de Kois.

Yo lo vi aparecer frente a nosotros.

Durante un instante, el campo de batalla pareció detenerse.

No porque los guerreros hubiesen dejado de luchar. No porque los Zenith hubiesen mostrado temor. Los muertos no temían. Los muertos no dudaban. Los muertos no miraban al cielo esperando salvación.

Pero la tierra sí lo sintió.

Las raíces bajo nuestros pies temblaron. El viento cambió de dirección. Las llamas de las antorchas se inclinaron hacia Karleon como si reconocieran una autoridad más antigua que el fuego.

Asteliana fue la primera en correr hacia él.

Yo quise detenerla, no porque no confiara en Karleon, sino porque todo en aquella luz me decía que nos encontrábamos frente a algo demasiado grande para el cuerpo de un hombre.

Pero ella no se detuvo.

Cruzó entre soldados, cuerpos caídos y fragmentos de piedra rota. Su rostro estaba cubierto de polvo y sangre seca, sus manos aún temblaban por la Etheria que había usado durante horas, pero sus ojos no veían la guerra.

Solo lo veían a él.

Karleon también la miró.

Y en esa mirada comprendí que algo terrible había sido revelado.

No lo supe todavía. No con palabras. Pero lo sentí.

El muchacho que yo había criado como aprendiz, el joven al que había enseñado a escuchar la Etheria, el hombre que había amado en silencio a una hija de Arheim, ya no cargaba solamente con su propia vida.

Cargaba con una decisión que ningún mortal debería tener que tomar.

Los Zenith avanzaban.

Aunque Karleon había regresado, la guerra no se detuvo. La marea de muertos seguía empujando desde la oscuridad. Merlo, con la Zaram en su mano, observaba desde la distancia como si aún creyera que el final le pertenecía.

Aratto, cubierto de heridas, mantenía a raya a una línea completa de cadáveres vivientes. Cas seguía combatiendo cerca de la entrada destruida de la fortaleza, más por orgullo que por fuerza. Nas, con la respiración rota, disparaba desde una posición elevada, aunque cada movimiento de su brazo parecía arrancarle un pedazo de vida.

Doromax sostenía a sus guerreros con gritos roncos, golpeando con su arma a todo Zenith que intentaba romper la defensa.

Jalim, en cambio, ya no gritaba.

Peleaba en silencio.

Y a veces, viajero, el silencio de un hombre dice más que todos los discursos de un rey.

Karleon alzó una mano.

La Etheria verde comenzó a reunirse a su alrededor.

Al principio pensé que liberaría allí mismo todo su poder. Pensé que aquel era el final. Que la luz nos envolvería a todos, que los Zenith serían borrados y que tal vez nosotros también desapareceríamos con ellos.

Pero Karleon no lo hizo.

No todavía.

En lugar de eso concentró una porción menor de su energía. Menor, sí, pero aun así inmensa para cualquier ser de Kois. El suelo se agrietó bajo sus pies. Una onda circular se formó en torno a él.

Antes de que pudiera comprender sus intenciones, Karleon extendió la otra mano hacia Asteliana.

Ella llegó a su lado.

Él la tomó del brazo.

Luego me miró a mí.

Y supe que debía acercarme.

Caminé hacia ellos entre el estruendo de la batalla. No pregunté nada. No era momento de preguntas. En la guerra, cuando un hombre mira así, uno obedece antes de entender.

Karleon puso una mano sobre mi hombro.

Entonces liberó la primera descarga.

No fue letal.

Pero fue suficiente para cambiar el campo de batalla.

Una explosión de Etheria verde salió desde su cuerpo y golpeó todo a su alrededor. Soldados, Zenith, restos de murallas, armas rotas, cuerpos caídos y polvo fueron lanzados hacia atrás como si una tormenta invisible hubiese nacido desde el centro de la tierra.

Muchos salieron despedidos varios metros. Algunos guerreros vivos rodaron por el suelo y quedaron aturdidos. Los Zenith fueron arrastrados como hojas secas, levantándose poco después con esa obstinación monstruosa que los hacía más terribles que cualquier ejército humano.

Pero Asteliana y yo no nos movimos.

Karleon nos sostuvo junto a él.

No con fuerza física. Con su voluntad.

La onda abrió un espacio vacío en medio de la guerra, un círculo de silencio rodeado por muerte. Allí, por unos instantes, los tres quedamos separados del mundo.

Asteliana lo miró con miedo.

No miedo de él.

Miedo por él.

—Karleon...

Su nombre salió de sus labios como una herida.

Él no respondió de inmediato. Miró hacia los Zenith, luego hacia Merlo, luego hacia el cielo cubierto por humo. Finalmente volvió a mirarnos.

—Tengo que contarles algo.

Y allí, en medio de la batalla final, mientras los muertos comenzaban a levantarse de nuevo alrededor del círculo de Etheria, Karleon nos contó todo.

Nos habló de los cuatro hermanos mayores. De Kezdar, Arnie, Erael y Tumbusco. Nos habló de la primera guerra de Kois, de las cuatro armas forjadas con la esencia del dios de la guerra. Nos habló de la Zaram, de Brakthar, de Velmoria y de Nharzun.

Nos habló de Tumbusco tomando forma de Etheriano para corromper reyes y pueblos. Nos habló del mar abierto, de la prisión bajo las aguas, del sacrificio de los tres hermanos y de la maldición lanzada sobre quienes habían seguido al dios de la guerra.

Nos dijo la verdad sobre los Zenith.

No eran simples cadáveres. No eran soldados levantados por un hechizo oscuro.

Eran los condenados de la primera guerra. Los antiguos seguidores de Tumbusco. Los muertos que Kezdar había obligado a no morir jamás.

Asteliana escuchaba sin parpadear.

Yo sentía cómo cada palabra de Karleon acomodaba piezas que llevaban siglos dispersas en mi memoria. Las leyendas, los nombres prohibidos, los fragmentos que había oído en mis viajes, los relatos incompletos de pueblos que ya no existen.

Todo era verdad.

Y como ocurre casi siempre con la verdad, llegó demasiado tarde para ser cómoda.

Luego Karleon nos dijo lo último.

Lo que ningún corazón quería escuchar.

Nos contó que Kezdar había liberado una parte de su esencia cuando Tumbusco dejó escapar la suya. Nos contó que esa chispa no había tomado la forma de un arma, ni de un ejército, ni de una criatura celestial.

Había nacido como un niño.

Había crecido como un hombre.

Había sido mi aprendiz.

Había amado a Asteliana.

Se llamaba Karleon.

Durante unos segundos nadie habló.

Ni siquiera la guerra pareció atreverse a entrar en aquel silencio.

Asteliana retrocedió apenas un paso. No por rechazo. Jamás por rechazo. Retrocedió porque la verdad era demasiado grande para recibirla sin temblar.

—No —dijo ella.

Fue una palabra pequeña. Pero dentro de ella estaba todo su amor, todo su miedo y toda su rabia contra el destino.

Karleon bajó la mirada.

—La energía que llevo dentro puede destruirlos.

Asteliana entendió antes de que él terminara.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No.

Karleon respiró hondo.

—Solo destruirá a los Zenith. No tocará a los vivos. Kezdar me lo mostró.

—No me importa eso.

Su voz se quebró.

—Dime qué te pasará a ti.

Karleon no respondió.

Y esa fue la respuesta.

Asteliana se llevó una mano al pecho como si acabaran de atravesarla. Yo quise hablar. Quise decirle a Karleon que debía haber otra forma, que juntos podíamos buscarla, que no se le exige a un joven cargar el error de los dioses.

Pero miré alrededor.

Los Zenith volvían a levantarse. La línea de defensa se quebraba otra vez. Los vivos estaban agotados. El valle ardía.

Y comprendí, con una vergüenza que aún me acompaña, que quizá no había otra forma.

Asteliana tomó el rostro de Karleon entre sus manos.

—No puedes pedirme que acepte esto.

—No te lo pido.

—Entonces no lo hagas.

Karleon cerró los ojos.

—Si no lo hago, ellos no se detendrán.

—Pelearemos.

—Morirán todos.

—Entonces moriremos juntos.

Aquella frase golpeó más fuerte que cualquier arma.

Porque Asteliana no la dijo como una exageración nacida del dolor. La dijo como una verdad. Si Karleon elegía quedarse, ella se quedaría con él hasta el final. Si el mundo caía, ella caería a su lado.

Karleon la miró con una ternura imposible.

—Yo también quiero eso.

Asteliana lloró en silencio.

—Entonces elígelo.

Karleon apoyó su frente contra la de ella.

—Si lo elijo, te pierdo igual.

Yo aparté la mirada.

No porque no quisiera verlos. Sino porque hay dolores que pertenecen solo a quienes los viven.

Entonces Karleon tomó la mano de Asteliana.

Sus dedos se entrelazaron.

La Etheria verde que rodeaba el cuerpo de Karleon comenzó a mezclarse con la luz clara de Asteliana. No fue un choque. No fue una lucha. Fue como ver dos ríos encontrarse después de haber nacido en montañas distintas.

Ambos cerraron los ojos.

Y entraron en trance.

Duró apenas diez segundos.

Diez segundos, viajero.

He vivido más años de los que muchos pueblos recuerdan. He visto guerras, coronaciones, ruinas, nacimientos de reyes y muerte de imperios. He visto bosques convertirse en desiertos y aldeas crecer hasta volverse ciudades.

Pero nunca he entendido esos diez segundos.

No sé qué ocurrió entre ellos.

No sé si hablaron sin palabras. No sé si Asteliana vio lo que Karleon había visto. No sé si él le entregó una parte de su memoria, de su esencia o de su alma. No sé si en aquel instante Kezdar, Arnie o Erael miraron a través de sus ojos.

Solo sé que durante esos diez segundos la guerra quedó lejos.

La luz los envolvió por completo. El viento dejó de moverse. Los sonidos se apagaron alrededor de ellos. Y por un instante, en medio del peor campo de muerte que mis ojos hayan contemplado, hubo paz.

Luego ambos volvieron a la realidad.

Asteliana abrió los ojos primero.

Ya no lloraba igual.

Había dolor en su rostro, sí. Un dolor inmenso. Pero también había algo más. Algo que yo no pude nombrar.

Tal vez aceptación.

Tal vez una promesa.

Tal vez una puerta abierta hacia una historia que todavía no debía ser contada.

Karleon acarició su mejilla.

—Perdóname.

Asteliana negó lentamente.

—No.

Karleon la miró con confusión.

Ella tomó su mano con más fuerza.

—No te perdono, porque no hay nada que perdonar.

Karleon sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, cansada, humana.

Esa sonrisa fue, quizás, lo más valiente que hizo aquel día.

Luego se volvió hacia mí.

Yo quise decirle tantas cosas.

Que estaba orgulloso. Que no debía hacerlo. Que había sido como un hijo para mí. Que ningún maestro está preparado para ver a su aprendiz convertirse en sacrificio. Que si yo hubiese tenido su poder, habría intentado cargar con ese destino en su lugar.

Pero no dije nada de eso.

Las palabras se rompieron antes de llegar a mi boca.

Karleon lo entendió.

—Gracias, maestro.

Eso fue todo.

Y fue suficiente para destruirme por dentro.

Los Zenith entraron nuevamente al círculo.

La descarga inicial ya no los mantenía lejos. Venían desde todos los lados, arrastrando armas oxidadas, huesos rotos y armaduras antiguas cubiertas por el lodo del fondo del mar.

Merlo levantó la Zaram.

Su voz atravesó la batalla como una sombra.

—No puedes detener lo que ya murió.

Karleon lo miró.

Y por primera vez, Merlo pareció dudar.

No temió a Karleon. No todavía.

Pero reconoció algo en aquella luz. Algo antiguo. Algo que lo había condenado mil años atrás.

—Kezdar...

El nombre salió de su boca como una maldición.

Karleon avanzó un paso.

—No.

La luz verde aumentó.

—Soy Karleon.

Entonces comenzó el final.

Karleon soltó mi hombro.

Luego soltó lentamente la mano de Asteliana.

Ella no quiso dejarlo ir.

Sus dedos resistieron un instante más, aferrándose a él con una fuerza que ninguna magia podía superar. Pero finalmente lo soltó.

Karleon caminó hacia el centro del campo.

Cada paso suyo hizo brotar pequeñas hierbas entre la sangre y la ceniza. Donde sus pies tocaban la tierra, el suelo recordaba que alguna vez había sido fértil.

Los Zenith se lanzaron sobre él.

Decenas.

Cientos.

Sus cuerpos lo rodearon como una ola negra.

Asteliana gritó su nombre.

Yo levanté mi mano, dispuesto a lanzar todo lo que me quedaba, aunque sabía que no serviría de nada.

Pero Karleon no cayó.

La luz estalló desde su pecho.

No hacia afuera todavía. Primero hacia arriba.

Una columna de Etheria verde se elevó hasta partir las nubes. El cielo, cubierto de humo y oscuridad, se abrió como si una aurora hubiese nacido en pleno anochecer. Las estrellas aparecieron sobre el campo de batalla, aunque todavía no era de noche.

Todos se detuvieron.

Los vivos, porque comprendieron que estaban presenciando algo que ningún canto podría repetir con justicia.

Los muertos, porque la maldición que los sostenía reconoció la mano de su creador.

Karleon cerró los ojos.

Y liberó todo.

No hubo fuego.

No hubo destrucción ciega.

No hubo una explosión que partiera la fortaleza o arrasara con los vivos.

Fue una ola.

Una ola de vida.

Se extendió desde Karleon en todas direcciones, atravesando el campo, las murallas, las praderas, los cuerpos caídos y los corazones de quienes aún respiraban.

Cuando tocó a los vivos, la luz pasó a través de ellos como un viento tibio. Cerró algunas heridas pequeñas. Calmó algunos dolores. Hizo que los más agotados recordaran por un instante el olor de la lluvia sobre la tierra.

Pero cuando tocó a los Zenith, el mundo cambió.

El primero se detuvo a pocos pasos de Karleon.

Su espada cayó al suelo.

Sus ojos vacíos se llenaron por un segundo de una luz verde. No de vida. No exactamente. De descanso.

Luego su cuerpo comenzó a desvanecerse.

No se quemó. No se quebró. No gritó.

Simplemente dejó de estar condenado.

Se convirtió en polvo luminoso, y ese polvo fue llevado por el viento hacia el cielo abierto.

Después cayó el segundo.

Luego el tercero.

Luego cien.

Luego todos.

La ola de Karleon recorrió el campo de batalla como una sentencia antigua. Cada Zenith tocado por la luz se detenía, soltaba su arma y desaparecía en silencio.

Algunos parecían recuperar por un instante el rostro que habían tenido antes de la maldición. Vi hombres, mujeres, reyes, soldados, campesinos arrastrados por una guerra que ya no recordaban. Vi ojos muertos volver a ser humanos solo durante el tiempo necesario para comprender que al fin podían descansar.

Y entonces desaparecían.

Merlo fue el último en resistir.

Clavó la Zaram en el suelo y gritó con una furia nacida del fondo del mar. La espada respondió con oscuridad venenosa. Una sombra se levantó a su alrededor, intentando rechazar la luz de Karleon.

Durante un instante pareció lograrlo.

Pero la Zaram contenía solo un fragmento de Tumbusco.

Karleon llevaba dentro la respuesta de Kezdar.

La luz atravesó la sombra.

Merlo miró sus propias manos mientras comenzaban a deshacerse.

No gritó.

Solo alzó la vista hacia Karleon.

Y en su rostro vi algo que no esperaba ver jamás.

Alivio.

Tal vez, después de mil años, incluso el odio se cansa.

Merlo desapareció.

La Zaram cayó al suelo.

Pero ya no brillaba.

El campo entero quedó cubierto por partículas verdes que ascendían lentamente hacia el cielo. Los Zenith se desvanecían uno tras otro, como si la noche estuviera siendo desarmada desde sus huesos.

Y entonces ocurrió lo inevitable.

Karleon cayó de rodillas.

Asteliana corrió hacia él.

Yo también.

Llegamos a su lado cuando la luz comenzaba a abandonar su cuerpo. Sus manos temblaban. Su piel estaba fría. Pero su rostro estaba en paz.

Asteliana lo sostuvo entre sus brazos.

—No te vayas.

Karleon intentó responder, pero la voz le falló.

Ella acercó su frente a la de él.

—Quédate conmigo.

Karleon la miró.

Con la poca fuerza que le quedaba, levantó una mano y tocó su rostro.

—Siempre.

Fue apenas un susurro.

Pero Asteliana lo escuchó.

Yo también.

La última luz de Karleon salió de su pecho. No se elevó como las demás. Se quedó un instante entre él y Asteliana, flotando como una pequeña semilla verde.

Luego desapareció.

Karleon cerró los ojos.

Y la guerra terminó.

No hubo celebración.

No al principio.

Nadie gritó victoria. Nadie levantó una bandera. Nadie tocó trompetas sobre las murallas destruidas.

Los vivos miraban el campo vacío donde momentos antes avanzaba una marea imposible de muertos. Algunos cayeron de rodillas. Otros lloraron. Otros simplemente soltaron sus armas, incapaces de creer que sus manos aún estuvieran unidas a sus cuerpos.

El silencio fue la primera señal de la victoria.

Luego llegaron los nombres.

Los nombres de quienes no respondieron.

Cas fue encontrado cerca de la entrada principal de la fortaleza. Había muerto de pie, o tan cerca de estar de pie como un hombre puede morir cuando su cuerpo ya no sostiene la voluntad que lo empuja.

Tenía heridas en el pecho, en el brazo y en el costado. Su espada seguía en la mano. A su alrededor yacían cuerpos de Zenith que ya se habían convertido en polvo, dejando solo marcas oscuras sobre la tierra.

Cas, el rey que había matado a sus hermanos por el trono, murió defendiendo el reino que había tomado con sangre.

No diré que eso borró sus crímenes.

La muerte no limpia todo.

Pero sí diré que, al final, cuando el valle estuvo a punto de desaparecer, Cas no huyó.

Y en la historia de los hombres, a veces esa es la última verdad que queda.

Nas sobrevivió, aunque por muy poco.

La encontraron entre restos de piedra, con el arco partido y una flecha todavía apretada entre los dedos. Había perdido mucha sangre. Su respiración era débil. Pero cuando abrí sus ojos y pronuncié su nombre, ella volvió apenas desde la oscuridad.

—¿Terminó?

Eso preguntó.

No preguntó por ella. No preguntó por su dolor. Preguntó si había terminado.

Yo le respondí que sí.

Entonces sonrió.

Y se desmayó.

Doromax también quedó gravemente herido. Sus hombres intentaron levantarlo, pero él los insultó hasta que lo dejaron sentado contra un muro, con la terquedad intacta y la vida escapándosele por demasiadas heridas.

—No me miren como si estuviera muerto —gruñó—. Todavía no les he dado permiso.

Esa fue la primera vez que alguien rió después de la batalla.

Fue una risa pequeña, rota, casi culpable.

Pero fue risa.

Y eso también era vida regresando.

De Jalim no quedó cuerpo que enterrar.

Lo vi antes del final.

Cuando Karleon comenzó a reunir su energía, Jalim estaba cerca de la línea exterior, herido, con el rostro manchado de sangre y ceniza. Había visto a Asteliana correr hacia Karleon. Había visto la forma en que ella lo miraba. Había entendido, por fin, aquello que quizá siempre supo y nunca quiso aceptar.

El amor de Asteliana no era un premio.

No era una deuda.

No era algo que pudiera ganarse con obediencia, rango, promesas o espera.

Su amor pertenecía a Karleon.

Y Karleon, en ese último acto, no estaba quitándole nada. Estaba entregándolo todo.

Jalim miró a los Zenith que aún avanzaban hacia el círculo de luz. Luego miró a Asteliana una última vez.

No gritó su nombre. No exigió ser visto. No buscó gloria.

Simplemente tomó su arma y corrió hacia los muertos.

Se lanzó contra ellos antes de que la luz de Karleon los alcanzara por completo. Peleó como quien ya no espera regresar. Derribó a uno, luego a otro, luego desapareció entre la masa oscura justo cuando la ola verde comenzó a deshacerlos.

Cuando los Zenith se desvanecieron, Jalim se fue con ellos.

No sé si murió por una herida, por la luz, por la decisión de no volver o por todas esas cosas juntas.

Solo sé que en sus últimos segundos entendió algo que muchos hombres no comprenden en toda una vida: amar no siempre significa quedarse.

A veces significa dejar de reclamar.

Asteliana permaneció junto al cuerpo de Karleon hasta que el sol comenzó a subir.

Nadie se atrevió a separarla de él.

Ni yo.

La aurora llegó lentamente sobre el Valle del León. La luz del amanecer tocó las murallas destruidas, los campos quemados y las armas abandonadas. Donde habían caído las partículas verdes, pequeñas plantas comenzaron a brotar entre la sangre.

No era un milagro suficiente para borrar la muerte.

Nada lo es.

Pero era una señal.

Kois seguía vivo.

Durante los días siguientes, el valle enterró a sus muertos.

Los cuerpos fueron reunidos en grandes campos de piedra y tierra. No hubo distinción entre nobles y campesinos, entre soldados del valle y refuerzos de otras tierras. Todos habían sostenido la última línea. Todos habían visto el mismo cielo abrirse.

Aratto partió antes de que terminaran las ceremonias.

No pidió perdón. No habría sabido cómo hacerlo.

Pero antes de marcharse, dejó su espada clavada frente a las ruinas de Valdecalabaza. Fue su único gesto. Quizá pequeño. Quizá insuficiente. Pero incluso los hombres duros tienen formas torpes de inclinarse ante sus culpas.

Nas, cuando despertó días después, pidió que la llevaran allí. Nadie quiso permitirlo. Ella insistió.

Al final la llevaron.

Miró la espada de Aratto durante largo rato. Luego pidió su arco.

No para disparar.

Solo para sostenerlo.

Doromax sobrevivió también, contra el pronóstico de todos y probablemente contra la paciencia de los sanadores. Durante semanas dijo que no debía su vida a la medicina, sino a su propia mala costumbre de no obedecer ni siquiera a la muerte.

El Valle del León quedó sin rey.

Cas había muerto. Sus hermanos ya no vivían. La línea de sucesión estaba manchada por traición, sangre y miedo.

Durante un tiempo hubo incertidumbre. Algunos nobles quisieron levantar sus propias pretensiones. Algunos capitanes hablaron de consejos militares. Otros propusieron dividir el valle en territorios menores para evitar una nueva guerra interna.

Pero el pueblo ya había decidido antes que los nobles terminaran de discutir.

Primero fueron los soldados.

Luego los campesinos.

Luego los sanadores, los artesanos, los niños que habían sobrevivido escondidos bajo la fortaleza, las madres que habían perdido hijos, los ancianos que habían visto caer dos generaciones en una sola noche.

Todos comenzaron a reunirse frente al salón destruido del trono.

No llevaban armas.

Llevaban ramas verdes.

Pequeñas ramas nacidas de los brotes que habían aparecido después de la luz de Karleon.

Asteliana no quería salir.

La encontré en una cámara lateral de la fortaleza, mirando por una ventana rota hacia el campo donde Karleon había caído.

No vestía ropas de reina. No llevaba corona. No llevaba joyas. Solo una túnica clara, simple, y en su mano una pequeña partícula verde cristalizada que nadie más parecía poder ver del todo.

—Te están esperando —le dije.

Ella no se volvió.

—No soy del valle.

—Quizá por eso te quieren.

Asteliana guardó silencio.

—Yo no pedí gobernar.

—Los mejores gobernantes rara vez lo piden.

Ella cerró los ojos.

—Karleon debería estar aquí.

Esa frase no tenía respuesta.

Así que no fingí tener una.

Solo me acerqué y me quedé a su lado.

Después de un rato, Asteliana abrió la mano. La pequeña luz verde tembló sobre su palma.

—Durante esos diez segundos me mostró algo.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué cosa?

Asteliana miró la luz.

Por un instante pensé que me lo diría.

Pero negó suavemente.

—Todavía no.

No insistí.

Hay secretos que no se arrancan. Hay puertas que se abren solo cuando el tiempo deja de empujar desde el otro lado.

Asteliana salió finalmente al balcón destruido de la fortaleza.

El pueblo la vio.

Y se arrodilló.

No por miedo.

No por obligación.

Se arrodillaron porque la habían visto cruzar el fuego por ellos. Porque la habían visto llorar a Karleon como una mujer y mantenerse en pie como una reina. Porque en ella no estaba la ambición de Cas ni la distancia fría de los antiguos señores de Arheim.

Estaba el dolor.

Y el dolor, cuando no se vuelve odio, puede transformarse en justicia.

Alguien gritó su nombre.

Luego otro.

Luego cientos.

—Asteliana.

El nombre subió por las murallas rotas, cruzó los patios, llegó a los campos y volvió como un trueno.

Así fue proclamada.

No por una sangre heredada.

No por una corona tomada.

Sino por un pueblo que había visto caer a sus reyes y había elegido a quien no buscaba el trono.

Asteliana aceptó.

No sonrió.

No levantó los brazos.

Solo inclinó la cabeza y dijo:

—Si he de gobernar, no será sobre ustedes. Será con ustedes.

Y así comenzó una nueva era.

Con el paso de los meses, Etherianos de Arheim comenzaron a llegar al valle.

Algunos vinieron por lealtad a Asteliana. Otros porque ya no podían vivir bajo las reglas antiguas de las montañas blancas. Otros porque habían comprendido, después de la guerra, que aislarse del mundo no protegía la pureza de la Etheria; solo la volvía estéril.

Los habitantes del Valle del León los recibieron primero con desconfianza.

Era natural.

El dolor no desaparece solo porque una reina lo ordene.

Pero Asteliana trabajó sin descanso para unir aquello que siempre había sido separado. Enseñó a los Etherianos a caminar entre los hombres sin mirar desde arriba. Enseñó a los hombres del valle a no temer la luz de quienes venían de Arheim.

Se levantaron nuevas escuelas. Nuevos santuarios. Nuevos campos de cultivo alimentados por técnicas antiguas de Etheria y por el trabajo duro de las familias del valle.

Los hijos de ambos pueblos comenzaron a crecer juntos.

Algunos nacieron con marcas claras en la piel. Otros con ojos dorados del valle. Otros con ambas cosas.

Una nueva nación empezó a formarse.

No Arheim.

No el antiguo Valle del León.

Algo distinto.

Algo nacido del sacrificio, de la mezcla y de la memoria.

En el centro de la capital reconstruida se levantó un árbol.

No fue plantado por manos humanas.

Brotó exactamente en el lugar donde Karleon había liberado su energía. Al principio fue apenas una vara verde entre la ceniza. Luego creció. Y creció. Y siguió creciendo hasta que sus ramas dieron sombra al patio entero de la fortaleza.

Nadie se atrevió a llamarlo tumba.

Asteliana tampoco.

Ella lo llamó el Árbol del Retorno.

Cada año, al llegar el día de la última batalla, la gente dejaba ramas verdes a sus pies. No como ofrenda a un dios. No como culto a un mártir.

Sino como promesa.

La promesa de no olvidar que Kois fue salvado por alguien que eligió amar más allá de su propia vida.

Yo permanecí un tiempo en el valle.

Ayudé a ordenar los relatos, a reconocer a los muertos, a sellar la Zaram y a ocultar las señales de las otras armas, porque aunque Tumbusco había perdido aquella batalla, ninguna sombra antigua desaparece para siempre solo porque los hombres desean descansar.

Pero mi lugar ya no estaba allí.

Había enseñado a Karleon.

Lo había visto crecer.

Lo había visto morir.

Y hay dolores que necesitan silencio para no convertirse en veneno.

Una mañana, antes de que el valle despertara, me despedí de Asteliana.

La encontré bajo el Árbol del Retorno. Llevaba una capa simple sobre los hombros y observaba las hojas moverse con el viento.

—Te vas —dijo.

No fue una pregunta.

—Sí.

—¿A dónde?

Miré hacia el norte, donde las montañas blancas de Arheim se levantaban contra el cielo.

—A meditar.

Asteliana asintió lentamente.

—¿Por cuánto tiempo?

—Cien años.

Ella no pareció sorprenderse. Tal vez, después de todo lo ocurrido, cien años ya no le parecían una medida tan grande.

—¿Volverás?

Miré el árbol.

Sus hojas tenían un brillo verde muy tenue. El mismo tono que vi en los ojos de Karleon antes del final.

—Cuando Kois vuelva a necesitar que alguien recuerde, volveré.

Asteliana se acercó y me abrazó.

No como reina.

Como alguien que había perdido al mismo hombre de una manera distinta.

—Gracias por cuidarlo.

Cerré los ojos.

—Él terminó cuidándonos a todos.

Luego partí.

Caminé hacia las montañas blancas mientras el sol nacía sobre el valle reconstruido. No llevé escolta. No llevé estandarte. No llevé más pertenencias que mi bastón, mi memoria y una tristeza que ningún camino podía aligerar de inmediato.

Durante cien años medité en las cumbres de Arheim.

Allí escuché el viento. Escuché la nieve caer. Escuché el silencio que queda cuando los nombres amados dejan de pronunciarse cada día, pero no desaparecen jamás.

Pensé en Tumbusco bajo el mar. Pensé en Kezdar, Arnie y Erael sosteniendo todavía una prisión que el mundo casi había olvidado. Pensé en las cuatro armas. Pensé en Merlo. Pensé en Jalim, en Cas, en Nas, en Doromax, en Aratto y en todos aquellos que la historia recordaría de formas incompletas.

Pero sobre todo pensé en Karleon.

En el niño que aprendió a escuchar la Etheria antes de entenderla. En el joven que amó a una mujer de Arheim contra toda regla. En el hombre que tuvo la fuerza de salvar el mundo y la humanidad de llorar por lo que perdía.

Muchos años después, los cantos dirían que Karleon fue un dios.

Otros dirían que fue un héroe.

Algunos afirmarían que nunca existió, que su historia fue inventada para unir al valle con los Etherianos.

Los hombres siempre hacen eso con aquello que no pueden soportar. Lo convierten en mito. Así duele menos.

Pero yo lo conocí.

Y por eso sé la verdad.

Karleon no salvó Kois porque fuera un dios.

Lo salvó porque, pudiendo serlo, eligió amar como un hombre.

Esa es la historia que vine a contarte, viajero.

La historia de una guerra que empezó mil años antes de sus protagonistas. La historia de un valle que perdió a su rey y encontró una reina. La historia de una mujer que cargó una promesa en silencio. La historia de un aprendiz que nació de la esencia de la naturaleza y murió para devolver la muerte a quienes la habían perdido.

Si algún día pasas por el Valle del León, busca el gran árbol en el centro de la ciudad. No preguntes por una tumba. No preguntes por una estatua.

Siéntate bajo sus ramas.

Escucha el viento.

Tal vez oigas una voz joven entre las hojas. Tal vez veas una luz verde antes del amanecer. Tal vez entiendas, aunque sea por un instante, que algunas despedidas no son finales.

Son semillas.

Y las semillas, viajero, saben esperar.

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