CAPÍTULO 6
La fortaleza del Valle
El Gaterom avanzaba con fuerza por los caminos del Valle del León, levantando pequeñas nubes de polvo a cada zancada. Nas llevaba ya varias horas de viaje desde la casa del campesino, y aunque el cansancio todavía pesaba en su cuerpo, la urgencia de su misión era más fuerte que cualquier fatiga.
El valle cambiaba lentamente a medida que se acercaba al corazón del reino. Los campos abiertos dieron paso a caminos más anchos, granjas más grandes y puestos de vigilancia levantados en las rutas principales. Los campesinos trabajaban la tierra sin saber aún que la guerra había comenzado a moverse hacia ellos.
Al caer la tarde, Nas vio finalmente lo que buscaba.
En el horizonte se alzaban las murallas de la Fortaleza del León.
La fortaleza dominaba el paisaje como una montaña de piedra levantada por manos humanas. Sus murallas exteriores eran gruesas y altas, construidas con bloques de roca gris que parecían haber resistido siglos de tormentas, asedios y guerras. Cuatro torres principales vigilaban cada punto cardinal, y desde lo alto de ellas los centinelas podían observar kilómetros enteros del valle.
Más allá de las murallas exteriores se extendía una ciudad interior: calles de piedra, mercados, talleres, barracas militares y viviendas de comerciantes que habían crecido alrededor de la fortaleza original con el paso de los años. Aquella ciudad fortificada era el verdadero corazón político y militar del valle.
Cuando Nas llegó a las puertas principales, el lugar estaba custodiado por una doble línea de guardias del reino. Grandes portones de madera reforzada con hierro permanecían abiertos durante el día, permitiendo el paso de comerciantes, viajeros y soldados.
Pero el aspecto de Nas detuvo inmediatamente el movimiento.
Su ropa llevaba marcas del viaje, polvo del camino y restos de humo que aún parecían aferrarse a su capa. El Gaterom resoplaba con fuerza tras el largo trayecto, y el arco que llevaba a la espalda dejaba claro que no era una visitante cualquiera.
Dos guardias cruzaron sus lanzas frente a ella.
—Detente —ordenó uno de ellos—. Identifícate.
Nas apenas tuvo tiempo para respirar antes de hablar.
Les contó todo.
Les habló de Valdecalabaza, del ataque de los Zectarium, del fuego devorando las casas, de los guerreros del desierto atravesando el pueblo como una tormenta de acero. Les habló también de Aratto, de su amenaza y de las palabras que había pronunciado antes de marcharse.
Los guardias intercambiaron miradas tensas.
Aquello no era un rumor de frontera. Si lo que decía la joven arquera era cierto, el reino entero estaba a punto de entrar en guerra.
Sin perder tiempo, uno de los soldados llamó a un capitán de la guardia. Tras escuchar el relato completo, el oficial tomó una decisión inmediata.
Nas sería llevada ante el rey.
Atravesaron las calles interiores de la fortaleza mientras el sol comenzaba a caer tras las murallas. A su alrededor, la ciudad vivía su rutina cotidiana: herreros trabajando el metal, mercaderes cerrando sus puestos, soldados regresando de patrullas en las murallas.
Ninguno de ellos sabía todavía que el destino del valle estaba a punto de cambiar.
Finalmente llegaron al corazón de la fortaleza: el Palacio del León.
El edificio central era más antiguo que muchas de las casas del valle. Sus columnas de piedra sostenían balcones amplios desde donde los reyes habían observado generaciones enteras de cambios en el reino. Grandes estandartes con el símbolo del león ondeaban entre las torres interiores.
Allí gobernaba Cas, rey de los Gartherium.
Cuando Nas fue conducida ante él, el salón del trono estaba iluminado por largas filas de antorchas. El rey escuchó su relato completo sin interrumpirla ni una sola vez.
A medida que las palabras de Nas avanzaban, el silencio dentro del salón se volvía cada vez más pesado.
Cuando terminó, Cas permaneció unos segundos sin hablar. Luego se levantó lentamente de su asiento.
La decisión fue inmediata.
Entre los convocados también me encontraba yo, Albarian. Después de tantos siglos caminando por Kois, he aprendido a reconocer cuándo un momento pequeño puede convertirse en el inicio de algo que cambiará el destino de reinos enteros.
A mi lado caminaba mi aprendiz, Karleon, quien por entonces ya me acompañaba en casi todos mis viajes. Donde yo iba, él iba también, observando, aprendiendo… y, muchas veces, comprendiendo cosas que otros tardaban años en ver.
Afuera, la fortaleza seguía viviendo su rutina sin saber que, en aquella sala iluminada por antorchas, estaba a punto de decidirse el futuro de todo el Valle del León.