Crónicas
Fixed Card Game

CAPÍTULO 12

La primera gran batalla

El miedo, viajero, no siempre se muestra en los rostros de los reyes. A veces se esconde en la forma en que sostienen el silencio.

Recuerdo bien aquel momento.

Cas me llamó a su presencia una vez más, pero esta vez no había discursos firmes ni órdenes pronunciadas con la seguridad de quien domina la situación. Había algo distinto. Algo que incluso un hombre como él no podía ocultar del todo.

—Albarian… —dijo finalmente—. Necesito que vayas tú.

No era una petición. Tampoco era exactamente una orden.

Era la aceptación de una verdad: aquello que enfrentaban superaba lo que sus generales podían contener.

A mi lado estaba Karleon. No necesitó que lo llamaran. Su decisión ya estaba tomada desde antes de que el rey hablara.

Así partimos.

No solos, por supuesto. Un ejército marchó con nosotros, más numeroso que el anterior, más preparado, más consciente de lo que estaba en juego. Pero incluso entre tantos hombres, todos sabían que aquella marcha era distinta.

Porque esta vez no iban solo soldados.

Iba yo.

Y en Kois, viajero… eso siempre significa algo.

Albarian lidera el avance hacia el campo de batalla

Avanzamos durante días.

Cada jornada nos alejaba más a la Fortaleza del León, y cada noche el aire se volvía más pesado, más cargado de esa electricidad invisible que precede a los grandes enfrentamientos.

Cuando finalmente divisamos las fuerzas de Aratto, el mundo pareció contener el aliento.

El campo se extendía amplio, marcado ya por huellas de enfrentamientos anteriores. Restos de madera, hierro y ceniza recordaban lo que había ocurrido días atrás. Pero ahora no era un vestigio.

Era el comienzo.

Ambos ejércitos se desplegaron.

Los Gartherium formaron líneas firmes, escudos al frente, arqueros preparados, jinetes listos para romper flancos. Los Zectarium, en cambio, se movían como una bestia viva: sin rigidez, sin patrón aparente, pero con una cohesión brutal que nacía de la ferocidad y la obediencia a su rey.

Y entonces… comenzó.

Las primeras flechas oscurecieron el cielo. El choque de las vanguardias levantó polvo, gritos y acero. Los cuerpos comenzaron a caer.

Albarian lidera el avance hacia el campo de batalla

Pero aquella no era una batalla común.

La Etheria despertó.

Vi soldados del valle envolver sus armas en energía vibrante, lanzando impactos que atravesaban escudos. Vi guerreros del desierto cargar con una furia casi sobrenatural, resistiendo heridas que habrían derribado a otros hombres.

Y en medio de todo eso… comenzó lo inevitable.

Yo avancé.

La Etheria respondió a mi voluntad como siempre lo había hecho, como lo había hecho durante siglos. No la invocaba. No la pedía.

La dirigía.

Un rayo de energía descendió desde lo alto, abriéndose paso entre las nubes como si el cielo mismo se partiera. El impacto arrasó una línea completa de guerreros enemigos, levantando tierra, fuego y luz.

No era poder por orgullo. Era poder necesario.

Albarian desata su poder en el campo de batalla

Mientras tanto, Karleon se movía como un flujo entre el caos.

Sus manos canalizaban la Etheria con una precisión que incluso muchos en Arheim habrían envidiado. No golpeaba al azar. No desperdiciaba energía. Cada acción tenía dirección, intención… propósito.

Entonces lo vi usar una técnica que había perfeccionado en silencio.

Extendió su brazo… y la Etheria respondió como fuego vivo.

Una forma emergió de su poder: un dragón de energía ardiente, que descendió sobre el campo como una criatura nacida de la voluntad misma.

Karleon libera su ataque de Etheria

El impacto fue devastador. Filas completas del enemigo fueron arrasadas, y por un instante, el avance del enemigo se detuvo.

Pero entonces… apareció él.

Aratto.

No avanzó con prisa. No gritó órdenes. Caminó.

Y donde caminaba, la batalla cambiaba.

Su presencia era suficiente para quebrar la moral de muchos. Su espada brillaba con un tono oscuro, casi venenoso, como si no perteneciera del todo al mundo de los hombres.

Fue hacia mí.

Y yo fui hacia él.

Nuestro encuentro no fue inmediato. Primero, el mundo alrededor se quebró.

La Etheria chocó. Fuego contra voluntad. Fuerza contra dominio.

Cada impacto levantaba ráfagas de energía que hacían retroceder incluso a quienes no participaban directamente en el duelo.

Aratto era brutal. Directo. Su fuerza no nacía de la técnica refinada, sino de una intensidad salvaje, alimentada por una voluntad que no aceptaba límite.

Karleon libera su ataque de Etheria

Yo respondía con control. Con precisión. Con siglos de comprensión.

Y aun así… no era un enemigo menor.

Fue entonces cuando Karleon intervino.

Sintió el punto exacto donde debía hacerlo. Entró en el combate no como una interrupción, sino como una extensión de mi propia acción.

Juntos presionamos a Aratto.

Y por un instante… parecía que podíamos quebrarlo.

Pero la guerra, viajero, nunca es tan simple.

En un movimiento rápido, casi invisible, Aratto cambió el ritmo del combate.

Su espada se deslizó… y alcanzó a Karleon.

No fue un golpe limpio. Fue peor.

La herida llevaba veneno.

Vi cómo su cuerpo se tensaba. Cómo la Etheria en él se desordenaba. Cómo la fuerza comenzaba a abandonarlo.

Karleon libera su ataque de Etheria

Y en ese instante… todo cambió.

Porque alguien más estaba allí.

Asteliana.

Había llegado en secreto. Oculta entre las filas. Transformada mediante una técnica que ambos habían desarrollado tiempo atrás.

Pero en ese momento… dejó de ocultarse.

Cuando vio caer a Karleon, algo dentro de ella se rompió.

La Etheria explotó a su alrededor.

No como técnica. No como control.

Como emoción.

Una ola invisible se expandió desde su posición, derribando a soldados, deteniendo combates, obligando incluso a los más fuertes a caer de rodillas.

Karleon libera su ataque de Etheria

Tomó a Karleon entre sus brazos.

Sus ojos ya no eran los de una estudiosa. Eran los de alguien que estaba a punto de perderlo todo.

—¡No!… ¡No te voy a perder!

Lo besó.

Y en ese beso no había secreto. No había contención. No había mundo.

Solo amor. Y desesperación.

La Etheria respondió a su grito.

Se elevó.

No como un salto. Como una liberación.

El aire se distorsionó a su alrededor, y antes de que nadie pudiera detenerla, ascendió con Karleon en brazos, alejándose del campo de batalla, rumbo a las montañas blancas.

Asteliana huye con Karleon hacia las montañas blancas

Y así, viajero…

en medio de la primera gran batalla, entre fuego, acero y destino, dos almas abandonaron el campo no por derrota… sino por algo mucho más fuerte que la guerra.

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