Crónicas
Fixed Card Game

CAPÍTULO 19

El eco de los cuatro hermanos

Hay cosas, viajero, que ningún ojo debería contemplar.

No porque sean falsas. No porque pertenezcan a cuentos antiguos o a canciones deformadas por el tiempo. Sino precisamente porque son demasiado verdaderas. Porque cuando la verdad se muestra completa, sin velo, sin metáfora y sin piedad, el alma puede quebrarse bajo su peso.

Lo que ocurrió con Karleon en aquel instante no lo vi con mis propios ojos. Yo estaba allí, en el campo de batalla, entre la muerte y la desesperación, viendo cómo los Zenith avanzaban sin cansancio, cómo los vivos caían y cómo el mundo parecía inclinarse hacia una noche sin fin.

Vi a Karleon ser envuelto por una luz imposible.

Vi su cuerpo desaparecer del combate.

Vi el vacío que quedó donde un segundo antes se alzaba su poder.

Pero no vi el lugar al que fue llevado.

Eso lo supe después, cuando regresó. Lo supe por su voz quebrada, por sus ojos llenos de siglos, por la forma en que miró a Asteliana como si acabara de verla morir mil veces sin haberla perdido todavía. Él me lo contó.

Y ahora, viajero, yo te lo cuento a ti.

Karleon no cayó al suelo. No fue arrastrado por una fuerza enemiga ni atravesó una puerta común. El campo de batalla simplemente se deshizo a su alrededor. El rugido de los muertos, el choque del acero, los gritos de los heridos y el viento cargado de ceniza se apagaron de golpe, como si alguien hubiese cerrado el mundo con una mano invisible.

Durante un instante no hubo arriba ni abajo. No hubo cielo. No hubo tierra. Solo una inmensidad verde y profunda, una corriente de Etheria tan antigua que no parecía pertenecer al mundo, sino al pensamiento que existió antes de que el mundo tuviera forma.

Karleon intentó moverse, pero su cuerpo no respondía como antes. No estaba herido. No estaba muerto. Simplemente ya no obedecía las mismas reglas. La luz lo envolvía, lo sostenía, lo llevaba a través de un río sin agua, un camino sin piedra, una memoria que no era suya.

Entonces escuchó una voz.

No venía de un lugar. Venía de todas partes. De las raíces profundas de Kois, de los océanos, de las montañas, de las hojas que aún no habían nacido y de los huesos que ya se habían vuelto polvo.

—Mira, hijo mío.

Karleon abrió los ojos.

Y el mundo apareció bajo sus pies.

Pero no era el mundo que conocía.

Las montañas parecían más jóvenes. Los ríos corrían por cauces distintos. Los bosques cubrían extensiones que en su tiempo ya eran ciudades, fortalezas o campos de guerra. Kois respiraba con una grandeza intacta, como si la tierra aún no hubiese aprendido del todo el sabor de la sangre.

Karleon estaba allí, de pie en medio de una antigua llanura. Vio criaturas, pueblos, aldeas y caminos que la historia ya había olvidado. Vio seres caminando cerca de él, tan reales como cualquier soldado del valle, pero ninguno notó su presencia. Algunos pasaron a pocos pasos de su cuerpo y no desviaron la mirada. Otros atravesaron el espacio donde él estaba como si Karleon fuese apenas humo iluminado por el sol.

Entonces comprendió.

No había sido enviado a otro lugar.

Había sido enviado a otro tiempo.

Mil años atrás.

Ante él se abrió una visión de la era antigua, la era que yo había mencionado más de una vez, pero que jamás había contado completa. La era de los cuatro hermanos mayores. Los primeros señores de Kois. Aquellos cuyo poder no podía compararse con el de ningún rey, ningún sabio, ningún guerrero ni ningún imperio.

Eran Kezdar, señor de la naturaleza y de la vida que se abre paso incluso entre la piedra; Arnie, guardiana de la luz, del equilibrio y de la claridad del espíritu; Erael, custodio de los cielos, del tiempo y de los caminos invisibles del destino; y Tumbusco, dios de la guerra, la fuerza, la conquista y el fuego que no acepta cadenas.

Durante una larga era, los cuatro caminaron sobre Kois sin disputarse su dominio. No gobernaban como reyes. No exigían tributo. No levantaban tronos. Habían dado forma a pueblos, criaturas, lenguas y territorios, pero los habían dejado crecer. Observaban el mundo como quien observa un árbol joven: con paciencia, con cuidado, con la esperanza de verlo extender sus ramas hacia el cielo.

Los seres de Kois vivían entonces bajo una paz imperfecta, pero verdadera. Había diferencias entre pueblos, ambiciones pequeñas, disputas por tierras, alimento y orgullo, porque incluso en la antigüedad los corazones de los mortales ya conocían la sombra. Pero no existía aún una guerra capaz de quebrar al mundo entero.

Hasta que Tumbusco cambió.

Al principio fue solo una idea. Después, una convicción. Finalmente, una voluntad imposible de contener.

Tumbusco miró a los seres que los cuatro hermanos habían ayudado a crear y vio en ellos no hijos del mundo, sino instrumentos. Vio manos que podían levantar templos en su nombre. Vio ejércitos que podían marchar bajo su símbolo. Vio reyes que podían arrodillarse y pueblos enteros que podían servir a una sola voz.

La suya.

Convocó a sus hermanos en una región antigua, frente a un mar que entonces era más puro y más profundo que cualquier océano conocido por los hombres de ahora. Allí les habló sin disfrazar su deseo.

—Kois debe tener un solo señor —dijo Tumbusco—. Lo hemos creado, lo hemos protegido y lo hemos dejado crecer sin dirección. Pero los mortales son débiles. Se dividen, dudan, desperdician el poder que les dimos. Deben servir. Deben obedecer. Y nosotros debemos gobernar.

Kezdar fue el primero en responder.

—No dimos vida para encadenarla.

Arnie sostuvo su mirada con tristeza, no con miedo.

—El mundo no necesita un amo. Necesita equilibrio.

Erael, cuyo pensamiento solía adelantarse a los caminos del tiempo, guardó silencio durante unos segundos. Luego habló con una gravedad que hizo callar al viento.

—Si obligas a los pueblos a servirte, no tendrás devoción. Tendrás terror. Y el terror siempre termina buscando sangre.

Tumbusco los escuchó. Y en su rostro no hubo arrepentimiento.

Solo decepción.

Para él, sus hermanos no eran prudentes. Eran débiles. No eran protectores. Eran obstáculos.

Al no poder convencerlos, decidió actuar solo.

Karleon vio entonces una montaña abierta por fuego. Vio una forja escondida en el vientre del mundo, donde los ríos de metal ardiente corrían como venas incandescentes. Vio a Tumbusco descender a aquel lugar sin compañía, envuelto en una armadura de sombra roja, con los ojos encendidos por una voluntad que ya no admitía regreso.

Allí forjó cuatro armas.

La primera fue la Zaram, espada de filo oscuro y fulgor venenoso, capaz de cortar no solo la carne, sino también la voluntad de quienes la enfrentaban.

La segunda fue Brakthar, un hacha de guerra inmensa, hecha para partir escudos, murallas y linajes. Cada golpe de su hoja llevaba el eco de una batalla que aún no había ocurrido.

La tercera fue Velmoria, una lanza larga y cruel, tan ligera como una pluma en manos de su elegido, pero tan devastadora como un rayo cuando atravesaba el campo de combate.

La cuarta fue Nharzun, un arco antiguo cuyas flechas no perseguían cuerpos, sino destinos. Se decía que una vez tensada su cuerda, el disparo encontraba siempre una vida que reclamar.

Pero aquellas armas no eran simples obras de metal. Tumbusco hizo algo que ningún dios debía hacer.

Depositó parte de su propio ser en ellas.

No una bendición. No una marca. No un encanto pasajero. Una parte real de su esencia divina.

Por eso se volvieron terribles. Por eso ningún arma común podía compararse con ellas. Por eso, incluso después de mil años, la Zaram seguía siendo capaz de abrir heridas en el corazón mismo de Kois.

Luego Tumbusco cambió de forma.

Karleon lo vio abandonar su apariencia divina y tomar el aspecto de un Etheriano: alto, sereno, hermoso de una manera casi insoportable, con marcas luminosas sobre la piel y una voz que parecía conocer el deseo secreto de cada alma que la escuchaba.

Así caminó entre los pueblos.

No llegó como conquistador. Llegó como salvador.

A unos les prometió fuerza. A otros, venganza. A otros, riqueza, dominio, seguridad o gloria. Habló con reyes, capitanes, clanes y sacerdotes. Les dijo que Kois estaba destinado a ser grande, pero que solo lo sería bajo una voluntad única. Les dijo que quienes se arrodillaran ante él no serían esclavos, sino elegidos.

Muchos resistieron.

Pero muchos otros escucharon.

Tumbusco entregó sus armas a cuatro grandes gobernantes de aquella era. A uno le dio la Zaram. A otro, Brakthar. A otro, Velmoria. Al último, Nharzun.

Con ellas no solo les dio poder. Les dio una parte de su propia voluntad.

Y así comenzó la guerra.

No fue una guerra como las demás. No fue una disputa por fronteras ni una rebelión de un reino contra otro. Fue una fractura completa del mundo. Familias divididas. Ciudades abiertas desde dentro. Hermanos matando hermanos. Reyes traicionando juramentos antiguos. Pueblos enteros siguiendo a Tumbusco convencidos de que obedecerlo era el único camino hacia la grandeza.

Karleon vio campos cubiertos de cuerpos. Vio ríos volverse oscuros. Vio aldeas arder como Valdecalabaza había ardido mil años después. Vio niños escondidos bajo escaleras de piedra mientras sobre ellos marchaban guerreros con símbolos que ya no existen en ningún estandarte conocido.

Vio a quienes se negaron a seguir a Tumbusco levantar defensas desesperadas. Vio a pueblos antiguos unirse no por amor, sino por simple necesidad de sobrevivir. Vio a los ejércitos del dios de la guerra avanzar como una marea roja sobre Kois.

Y entonces vio a los otros tres hermanos entrar en acción.

Kezdar caminó sobre la tierra herida, y donde sus pies tocaban el suelo brotaban raíces gigantescas, árboles antiguos y enredaderas capaces de detener columnas enteras de soldados.

Arnie descendió sobre los campos como una aurora viva. Su luz no quemaba a los inocentes, pero cegaba a quienes llevaban la voluntad de Tumbusco dentro del pecho.

Erael abrió los cielos. El tiempo pareció doblarse a su alrededor. Flechas que debían matar se desviaban antes de nacer. Guerreros que corrían hacia la muerte eran detenidos por un instante imposible, lo suficiente para que otros pudieran salvarlos.

Pero ni siquiera tres dioses podían detener fácilmente una guerra alimentada por el cuarto.

Tumbusco apareció entonces en su verdadera forma.

Karleon no pudo respirar al verlo.

Era enorme, no por tamaño solamente, sino por presencia. Como si todo combate ocurrido alguna vez en Kois hubiese tomado cuerpo en una sola figura. Su armadura ardía con fuego oscuro. Su voz hacía temblar las montañas. Cada paso suyo convertía el miedo en obediencia y la rabia en fuerza.

Los cuatro hermanos se enfrentaron.

La batalla no pudo ser comprendida por los mortales que la vieron. Para ellos fue una tormenta. Un fin del mundo. Un día sin sol.

Pero Karleon lo vio todo.

Vio a Tumbusco cruzar el campo de guerra y partir montañas con un movimiento de su brazo. Vio a Kezdar levantar bosques enteros como murallas vivientes. Vio a Arnie cubrir ciudades con cúpulas de luz. Vio a Erael abrir grietas en el tiempo para evitar que el golpe de su hermano alcanzara a los pueblos que aún resistían.

Y vio también la verdad más terrible.

Tumbusco no podía ser destruido sin destruir una parte esencial del mundo. Era guerra, sí, pero la guerra también formaba parte de Kois. La fuerza, el conflicto, la defensa, el valor ante la muerte: todo eso estaba ligado a él. Matarlo por completo habría sido romper una de las columnas invisibles de la creación.

Por eso los tres hermanos tomaron una decisión desesperada.

No lo matarían.

Lo encerrarían.

Karleon vio a Kezdar, Arnie y Erael reunirse en el borde del gran mar antiguo. Estaban heridos. No como se hieren los mortales, sino de una manera más profunda. Su luz estaba disminuida. Su poder, agotado. Sus voces ya no tenían la misma firmeza.

Pero aun así se alzaron.

Usaron toda su energía.

Toda.

El mar se abrió.

No como una ola partida por el viento, sino como si el mundo mismo hubiese sido obligado a mostrar su garganta. Las aguas se elevaron a ambos lados en murallas infinitas. El fondo del océano quedó expuesto, oscuro, inmenso, lleno de grietas por donde respiraba la Etheria más antigua de Kois.

Allí arrastraron a Tumbusco.

El dios de la guerra rugió con tal fuerza que las aves cayeron del cielo y las piedras se quebraron en las costas. Sus seguidores intentaron acudir a él. Los reyes portadores de las armas gritaron órdenes. Los ejércitos corrieron hacia el mar abierto.

Pero ya era tarde.

Kezdar extendió sus manos y raíces colosales surgieron desde las profundidades. Arnie envolvió aquellas raíces con luz eterna. Erael selló el instante, atándolo al tiempo para que la prisión no pudiera romperse desde dentro ni desde fuera.

Entonces el mar cayó.

Las aguas regresaron con una violencia que borró costas, ejércitos y gritos. Tumbusco fue encerrado en el fondo del océano.

Pero Kezdar, Arnie y Erael pagaron el precio.

Para mantenerlo prisionero, ellos también debieron quedar ligados al sello. No podían caminar libremente por Kois como antes. No podían intervenir sin medida. Su esencia quedó atada a aquella prisión eterna, sosteniendo con su propio poder la jaula del hermano que había querido convertir el mundo en un trono.

La guerra terminó.

Pero no la culpa.

Kezdar miró entonces a los ejércitos que habían seguido a Tumbusco. Muchos habían servido por ambición. Otros por miedo. Otros por devoción ciega. Pero todos habían aceptado llevar la voluntad del dios de la guerra sobre Kois. Todos habían ayudado a convertir el mundo en una tumba.

Y Kezdar pronunció una maldición.

No lo hizo con rabia. Eso fue lo peor.

Lo hizo con dolor.

—Quienes entregaron su vida a una guerra sin fin, no tendrán descanso en la muerte. Quienes sirvieron al deseo de esclavizar Kois, quedarán encadenados bajo el mar. No envejecerán. No sanarán. No vivirán. No morirán. Serán testigos eternos de aquello que eligieron seguir.

Entonces los seguidores de Tumbusco cayeron.

Sus cuerpos se retorcieron bajo la luz verde de Kezdar. La vida los abandonó, pero la muerte no los recibió. Sus ojos se apagaron y luego volvieron a encenderse con un brillo vacío. Su carne se quebró, pero no se deshizo. Sus voces se convirtieron en gemidos largos, atrapados bajo toneladas de agua y siglos de silencio.

Así nacieron los Zenith.

Los muertos que no podían morir.

Los condenados del fondo del mar.

Los servidores de Tumbusco, encerrados junto a su señor, olvidados por los reinos, borrados de las canciones y convertidos con el paso de los siglos en una advertencia que nadie recordaba con claridad.

Karleon quiso gritar. Quiso apartar la mirada. Quiso regresar.

Pero la visión continuó.

El tiempo comenzó a moverse más rápido ante sus ojos. Vio siglos pasar como sombras sobre el agua. Vio imperios nacer y caer. Vio los nombres antiguos transformarse en leyendas. Vio las cuatro armas separarse, perderse, ser ocultadas, heredadas, robadas o enterradas bajo juramentos que los mortales terminaron rompiendo.

Vio la prisión bajo el mar.

Vio a Tumbusco, inmóvil en la oscuridad, rodeado por las raíces de Kezdar, la luz de Arnie y los sellos de Erael.

Mil años pasaron.

Y entonces una pequeña parte de su esencia escapó.

No fue suficiente para liberar al dios de la guerra. No fue suficiente para romper la prisión. Pero sí bastó para alcanzar a uno de los condenados.

Merlo.

Karleon lo vio abrir los ojos en el fondo del mar. Lo vio arrastrarse fuera de la prisión por una grieta mínima, como una sombra desprendida de una pesadilla. Lo vio emerger desde las profundidades con un propósito grabado en el alma muerta: reunir las cuatro armas.

Porque cada una contenía una parte del ser de Tumbusco. La Zaram, Brakthar, Velmoria y Nharzun no eran solo reliquias de guerra. Eran fragmentos del dios encerrado.

Si las cuatro volvían a reunirse, la esencia dispersa de Tumbusco se completaría. Y si su esencia se completaba, la prisión del fondo del mar comenzaría a romperse.

Entonces los Zenith serían liberados.

Todos.

No como un ejército cualquiera, sino como una marea interminable de muertos vivientes nacidos de la primera guerra del mundo. Un ejército que no sentiría hambre, frío, miedo ni cansancio. Un ejército que seguiría avanzando aunque sus cuerpos fueran partidos, quemados o atravesados.

Un ejército capaz de borrar Kois.

Karleon vio entonces a Merlo moverse durante años, escondido entre ruinas, sombras y tumbas antiguas. Vio cómo manipuló rumores, cómo empujó sospechas, cómo aprovechó la codicia de los vivos. Vio la Zaram cambiar de manos. Vio el robo. Vio la sospecha caer sobre el Valle del León. Vio a Aratto enfurecerse. Vio a Valdecalabaza arder.

Vio toda la guerra presente nacer de una herida abierta mil años atrás.

Entonces la visión se detuvo.

Karleon volvió a encontrarse en aquella inmensidad verde del principio. Frente a él apareció una figura.

No era completamente humana. No era completamente divina. Parecía un anciano hecho de corteza, luz y agua. Sus ojos tenían el color de los bosques después de la lluvia, y de su cuerpo brotaban pequeñas ramas que se deshacían en partículas de Etheria antes de tocar el suelo.

Karleon supo quién era antes de que la figura pronunciara su nombre.

Kezdar.

El dios de la naturaleza.

El que había maldecido a los seguidores de Tumbusco. El que había sellado el fondo del mar. El que ahora lo observaba con una tristeza tan antigua que ningún mortal habría podido soportarla por mucho tiempo.

Karleon cayó de rodillas.

No por obligación. No por culto. Sino porque su cuerpo entendió antes que su mente que estaba frente a aquello de donde provenía toda vida.

—¿Por qué me muestras esto? —preguntó Karleon.

Kezdar no respondió de inmediato. Extendió una mano y, alrededor de ellos, aparecieron imágenes del campo de batalla del presente: Nas disparando entre los muertos, Cas luchando con furia, Aratto enfrentando a los Zenith, Asteliana brillando con Etheria entre el caos, y yo, Albarian, intentando sostener una guerra que ya no podía ganarse solo con fuerza.

Luego Kezdar habló.

—Porque ya no queda tiempo.

Karleon alzó la mirada.

—Entonces ayúdanos. Tú puedes detenerlos. Tú los creaste. Tú los maldijiste.

El rostro de Kezdar se oscureció.

—Mi poder está atado al sello. Si retiro demasiado de mí, Tumbusco escapará. Si Arnie o Erael hacen lo mismo, la prisión se romperá desde otro costado. Durante mil años hemos mantenido encerrado aquello que no pudimos destruir. Pero Tumbusco aprendió a filtrar su esencia. Yo también pude hacerlo.

Karleon sintió que aquellas palabras se acercaban a él como una espada.

—¿Qué quieres decir?

Kezdar lo miró con una ternura insoportable.

—Que cuando Tumbusco liberó una parte de sí para despertar a Merlo, yo liberé una parte de mí para responder. No pude crear un ejército. No pude caminar de nuevo por Kois. No pude romper mi propio sello. Así que dejé que una chispa de mi esencia naciera en el mundo como vida mortal.

Karleon no habló.

No podía.

La verdad empezó a formarse dentro de él, pero su corazón se negó a aceptarla.

Kezdar continuó.

—Esa chispa fuiste tú.

La inmensidad verde pareció estremecerse.

Karleon retrocedió un paso, como si la frase lo hubiese golpeado en el pecho.

—No.

La palabra salió débil. Casi como una súplica.

—Yo nací en el valle. Crecí como cualquier otro. Albarian me encontró, me enseñó, me cuidó. Yo no soy un dios.

—No —respondió Kezdar—. No eres un dios completo. Eres mi esencia viviendo como humano. Mi poder contenido en una vida mortal. Por eso la Etheria siempre respondió a ti de una manera distinta. Por eso veías caminos donde otros solo veían energía. Por eso el mundo parecía escucharte incluso cuando tú no sabías pedirle nada.

Karleon sintió que todos los años de su vida se reorganizaban dentro de su memoria. Sus primeros gestos con la Etheria. La facilidad que nunca había entendido. La mirada de Albarian cuando descubrió su talento. La forma en que Asteliana lo observaba como si en él hubiera algo que ni siquiera ella podía explicar.

Todo cobraba sentido.

Y por eso mismo dolía.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó.

—Porque debías vivir —dijo Kezdar—. No como arma. No como sacrificio. No como destino escrito. Debías amar, aprender, elegir, equivocarte, crecer. Debías ser Karleon antes de saber que eras parte de mí. De lo contrario, no habrías sido libre. Y sin libertad, tu decisión no tendría valor.

Karleon bajó la mirada.

—¿Qué decisión?

Kezdar guardó silencio.

Y ese silencio fue peor que cualquier respuesta.

Las imágenes del campo de batalla volvieron a rodearlos. Los Zenith avanzaban. Los vivos retrocedían. Asteliana luchaba rodeada de luz, pero cada vez había más muertos frente a ella. Su poder era inmenso, pero no infinito. Ningún poder mortal lo era.

Karleon la vio caer de rodillas en una de las visiones. Vio a los Zenith rodearla. Vio una mano muerta alzarse sobre su cabeza.

—No —susurró.

Kezdar hizo desaparecer la imagen antes del golpe final.

—Eso ocurrirá si nada cambia.

Karleon se puso de pie con rabia.

—Entonces dime cómo detenerlos.

Kezdar extendió ambas manos. Entre ellas apareció una esfera de Etheria verde, pura, brillante, tan intensa que parecía contener bosques, mares, semillas, sangre, raíces y respiraciones todavía no nacidas.

—Dentro de ti está la parte de mi esencia que pude liberar. Si la desatas por completo, su poder reconocerá la maldición que yo mismo lancé hace mil años. No destruirá a los vivos. No dañará a quienes aún pertenecen al ciclo natural del mundo. Solo alcanzará a los muertos que no debieron permanecer. Solo consumirá a los Zenith.

Karleon sintió una esperanza terrible.

Terrible, porque entendió que venía unida a una pérdida.

—¿Y qué me pasará a mí?

Kezdar cerró los ojos.

—Morirás.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

No hubo trueno. No hubo grito. No hubo música de destino.

Solo esa verdad desnuda.

Karleon sintió que el mundo entero se alejaba.

—No.

Esta vez lo dijo con más fuerza.

—Tiene que haber otra forma.

—La he buscado durante mil años.

—Entonces busca más.

La voz de Karleon se quebró.

—No puedes traerme aquí, decirme que soy parte de ti, mostrarme todo esto y luego pedirme que desaparezca. Yo no pedí ser esto. Yo no pedí nacer con tu poder. Yo no pedí cargar una guerra que comenzó antes de mi vida.

Kezdar lo escuchó sin defenderse.

Karleon respiraba con dificultad.

—Amo a Asteliana.

Al decir su nombre, la rabia se volvió dolor.

—La amo. No como símbolo, no como parte de ningún destino. La amo porque cuando estoy con ella el mundo deja de parecer una carga. Porque con ella no soy una herramienta, ni un prodigio, ni una respuesta a una guerra antigua. Soy solo yo. Y quiero volver. Quiero vivir. Quiero estar con ella.

Kezdar bajó la mirada.

—Lo sé.

—Entonces no me pidas esto.

Durante un largo momento, el dios de la naturaleza pareció más viejo que el mundo.

—No te lo ordeno, Karleon. No podría hacerlo. Si lo hiciera, sería igual que Tumbusco. Él quiso convertir a los seres de Kois en instrumentos de su voluntad. Yo no puedo salvar el mundo convirtiéndote a ti en lo mismo.

Karleon alzó los ojos, llenos de rabia y lágrimas.

—Pero si no lo hago, ella muere.

Kezdar no respondió.

No hacía falta.

Esa era la crueldad de la verdad.

Si Karleon liberaba toda su energía, los Zenith serían destruidos, la guerra podría terminar y Asteliana viviría.

Pero él moriría.

Si se negaba, podía volver al campo de batalla, verla una vez más, luchar a su lado, quizás incluso sostenerla entre sus brazos durante unos instantes.

Pero los Zenith no se detendrían.

Y tarde o temprano, Asteliana caería.

Karleon cerró los puños.

Ninguna elección parecía justa.

Ninguna parecía humana.

Y tal vez ese era el verdadero peso de haber nacido de la esencia de un dios: no tener que elegir entre el bien y el mal, sino entre dos formas distintas de perderlo todo.

Kezdar se acercó a él.

Por primera vez, su figura divina pareció casi frágil.

—Cuando regreses, el tiempo apenas habrá avanzado. Para ellos, tu ausencia habrá sido un parpadeo. Para ti, esta verdad pesará como mil años. No tendrás mucho tiempo para decidir.

Karleon miró la esfera de Etheria verde. Sintió que lo llamaba desde dentro de su propio pecho. No como un poder externo, sino como algo que siempre había estado allí, esperando el momento de ser reconocido.

Pensó en Albarian. En su maestro, en sus enseñanzas, en la paciencia con que lo había guiado.

Pensó en Nas, en Cas, en Aratto, en todos los vivos que luchaban sin comprender por completo contra qué se enfrentaban.

Pensó en Kois.

Y finalmente pensó en Asteliana.

La vio bajo el Árbol del Saber, esperando el ave verde. La vio sonreír en secreto cuando nadie más miraba. La vio en las montañas blancas, con el viento moviendo su cabello. La vio decirle que volvería, no como una pregunta, sino como una promesa.

Karleon apretó los dientes.

—No sé si puedo hacerlo.

Kezdar apoyó una mano sobre su hombro.

—Entonces vuelve. Mírala. Escucha tu corazón humano. La parte divina de ti sabe cómo destruir a los Zenith. Pero solo la parte humana puede decidir si vale la pena pagar el precio.

La luz verde comenzó a envolverlo otra vez.

El mundo antiguo se deshizo. Las montañas jóvenes desaparecieron. El mar sellado, los dioses, las armas, la primera guerra y los mil años de oscuridad retrocedieron como una visión arrastrada por la corriente.

Karleon quiso hacer una última pregunta. Quiso pedir más tiempo. Quiso exigir una respuesta distinta.

Pero ya era tarde.

El rugido del presente volvió de golpe.

Acero.

Ceniza.

Gritos.

Muerte.

El campo de batalla apareció nuevamente bajo sus pies.

Para nosotros, Karleon apenas había desaparecido un instante. Para él, en cambio, el mundo entero había envejecido mil años dentro de su mirada.

Lo vi regresar envuelto en una luz verde que ninguno de nosotros comprendía. Asteliana giró hacia él de inmediato, como si su alma lo hubiese sentido antes que sus ojos. Yo también lo miré, y supe en ese mismo segundo que algo imposible acababa de ocurrir.

Karleon estaba de vuelta.

Pero ya no era el mismo.

En sus ojos estaba la guerra de los cuatro hermanos. En su pecho, la esencia de Kezdar. Y frente a él, avanzando entre los vivos, los Zenith seguían llegando como una marea que no conocía final.

Asteliana corrió hacia él.

Yo di un paso, dispuesto a preguntarle qué había visto, qué le había ocurrido, por qué su Etheria había cambiado de aquella manera.

Pero Karleon no respondió de inmediato.

Solo miró a Asteliana.

La miró como quien acaba de recibir la llave para salvarla.

Y también la sentencia de no poder quedarse con ella.

Entonces comprendí que la batalla más difícil ya no estaba ocurriendo frente a nosotros.

Estaba ocurriendo dentro de él.

← Capítulo anterior Siguiente capítulo →